Entre ciudadanos

La corrupción ¿somos todos?

La pregunta que da título a esta colaboración no es ociosa ni irrelevante. La robusta y milenaria presencia de servidores públicos que con sus modos de ser y hacer en la dinámica social, tuercen el significado de las leyes, haciendo de la apariencia y simulación un modo de vida aceptado e incluso tolerado por los ciudadanos, debe llamar nuestra atención y no sólo desde una perspectiva académica o teórica, sino desde el impacto destructor que causan al orden y la dinámica social.

El fenómeno de la corrupción posee una presencia longeva y global en los procesos políticos, económicos y sociales; advertir su abierta evidencia en ciertas sociedades y su discreción casi imperceptible en otras, como un mal unido a las dinámicas humanas quizás sea un asunto de matiz y no de existencia.

Sensibles a las consecuencias de las dinámicas corruptoras, en la última década se han producido tres Convenciones Internacionales desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU): la del Sistema de Naciones Unidas y la de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) para combatir el cohecho en las transacciones internacionales, y la de la Organización de Estados Americanos.

Tres documentos que México ha suscrito y, en consecuencia, en plena vigencia de las reflexiones sobre los derechos humanos, que desde luego obligan.

No obstante, no se ha impedido que el fenómeno de la corrupción avance y se siga extendiendo; consecuentemente, es preciso hacer una reflexión más profunda para tomar decisiones que incidan en la necesidad de revisar críticamente las estrategias anticorrupción, que, como tristemente se advierte, vienen fallando hasta el día de hoy.

En el seno social las prácticas corruptas obedecen, en el fondo, a la falta de educación escolar y para la vida productiva y ciudadana, de manera que las conductas corruptas no se advierten como nocivas para el bien común, por regla general se toleran.

A pesar de la evidencia en contra, las personas no deben habituarse a desear lo indebido como paisaje realista y destino manifiesto de los mexicanos exitosos. Urge desarrollar, mediante la educación, el ejemplo y actitudes honestas, referentes de vida para que nuestros jóvenes y niños entiendan y respeten el orden moral y social, condición del bien común.