Entre ciudadanos

Ante la corrupción, indignados o resignados

Hoy como nunca, los grandes avances tecnológicos permiten a la población de cualquier parte del mundo acceder a información antes reservada. Quizás para bien, nos toca enterarnos de lo que ocurre en las oficinas, despachos y correos de quienes gobiernan y toman decisiones de trascendencia.

De manera casi cotidiana nos enteramos de las decisiones sin consultar, de robos y desviaciones de recursos públicos para fines personales; de actuaciones de funcionarios públicos que se desempeñan con frivolidad, negligencia e incompetencia y, sin embargo, la sociedad permanece atónita.

Los estudiosos del asunto coinciden en señalar que existe una relación proporcional entre la falta de educación de la población y la tolerancia a los actos de corrupción, configurando así la fisonomía de una sociedad resignada que soporta el abuso y la arbitrariedad de quienes ejercen el poder.

La profunda contradicción, que hace evidente la corrupción, provoca indignación y resignación en algunos segmentos de nuestra población y, por el lado de los políticos, la cómoda seguridad de pertenecer a algún partido político como escudo protector que desarrolla el cinismo y la impunidad.

Durante las próximas semanas tendrán verificativo procesos de gran relevancia para la gobernabilidad democrática de nuestro país, y serán protagonizados precisamente por políticos que deberán elegir y designar a los comisionados del reformado Instituto de Acceso a la Información y, además, los legisladores nombrarán a los consejeros que permanecerán o se sumarán al nuevo Instituto Nacional de Elecciones.

Desde diversos foros, redes y espacios sociales, se advierte el riesgo de que esas designaciones ya se encuentren pactadas, arregladas en lo oscuro y repartidas las porciones del poder entre los partidos políticos.

Si esos rumores se confirman, las acciones de los políticos se separan cada vez más de la ciudadanía, provocando indignación y resignación. En esas condiciones de nula credibilidad y respetabilidad, las reformas legislativas carecen de sentido, quedando reducidas a costosísimas labores de cosmética política que pretende cambiar la fachada institucional para que todo siga igual.