Entre ciudadanos

Terrorismo, religión y perdón

¿Cómo explicar la gravedad de los hechos de violencia vividos el pasado 13 de noviembre en París?, ¿cómo se pueden entender las acciones de violencia extrema con armas de fuego y explosivos en contra de personas cuya mayor desgracia fue encontrarse en el lugar de los hechos, haciendo sus vidas simplemente?

La necesidad que hoy advertimos en tantas regiones del mundo devastadas por el terrorismo fanático y la delincuencia organizada, y sus graves expresiones del mal, desde luego nos remiten a la exigencia mínima de respeto a los Derechos Humanos y a los postulados del Derecho Internacional; sin embargo, ante el evidente fracaso de estos discursos e instancias, es preciso reconocer la urgencia moral de apelar al perdón, justamente porque la coacción y la sanción propias del derecho suponen unos límites que, como tristemente advertimos, pueden ser violados o manipulados de diversas formas, y en ocasiones perversas, generando injusticias, que pretendidamente se debieran evitar.

La nueva forma de violencia que recorre el mundo bajo el nombre de terrorismo o delincuencia organizada impone a sangre y muerte sus condiciones de maldad, sin distinción de personas, atentando contra los valores y derechos humanos más elementales, cancelando los mínimos sociales de la existencia humana.

No se sostiene ni lógica, ni moralmente una postura ideológica o religiosa que pretenda, bajo amenaza de muerte, imponer a otros una creencia, un estilo de vida o cosmovisión, hoy los gobernantes tienen una grave responsabilidad civil y moral frente a estos hechos; no se puede matar en nombre de Dios, ni de ningún derecho, pretendida o realmente conculcado y permanecer indiferente frente a quienes actúan de esa manera.

A primera vista la opción por el perdón sugiere debilidad o dejación de derechos, pero no es así. La violencia es estéril, y ante la imposibilidad de reparar bienes tan frágiles como la vida, es necesario comprender que el perdón es, de hecho, la única y real opción para acabar con el mal. Quien perdona renuncia a la venganza y a la violencia, porque ha optado por un bien mejor que se abre al futuro haciendo posible la esperanza, la reconciliación y la paz. Para que exista perdón es necesario que el ofendido dé el primer paso, de manera que el agresor desista del mal y renuncie a la violencia y al odio, ceder ante lo irreparable, no necesariamente es perder.