Entre ciudadanos

Mediterráneo, mar de muerte

A lo largo de los últimos meses, con frecuencia nos hemos enterado de la tragedia que han sufrido miles de seres humanos, provenientes de Asía y de África, que han muerto ahogados en su fallido intento de cruzar el mar, viéndose obligados a navegar en barcas desvencijadas y sin las mínimas condiciones de equipamiento como para garantizar el éxito de la travesía.

Se trata de personas que intentan huir del horror de las persecuciones, la guerra y la miseria en que viven en sus países de origen, con la esperanza de encontrar un futuro mejor para ellas y sus hijos.

Así, con solo lo puesto, se hacen a la mar en una aventura que, como estamos viendo, en muchos casos les cuesta la vida, alcanzando, desde luego, no la orilla de Europa con sus oportunidades y prosperidad, sino la muerte al ser literalmente tragados por el inmenso y bellísimo mar azul que media entre continentes.

La inconmensurable tragedia, que estas muertes humanas suponen, han motivado reuniones de los gobernantes de los diversos países de Europa que se han convertido en puerto de arribo de náufragos sobrevivientes y de prácticas cada vez más frecuentes de tránsito y tráfico de miles de personas.

Un negocio sórdido que no conoce límites jurídicos ni morales y cuya crueldad es extrema, pues se lucra con la humillación, la desesperación y el horror de quienes abordan esas barcazas de muerte, para después ser abandonados por la tripulación que huye en lanchas rápidas, dejándolos a su suerte en algún lugar de la travesía; en algunos casos corren con la suerte de ser rescatados vivos, pero en otros, el deterioro de la embarcación, el sobrepeso, la falta de condiciones mínimas de víveres y equipo propician el colapso de la nave y la muerte de los pasajeros.

Europa tiene delante de sí un reto político y de derecho internacional enorme. Una mirada sobre los países de procedencia deja ver el enorme caos social, político y económico en que se encuentran, haciendo imposible un diálogo respetuoso y la construcción de acuerdos.

Una vez más la eficacia de los gobernantes y de las instancias internacionales y sus liderazgos están a prueba, pues deben encarar y resolver problemas humanos globales, que rebasan con mucho la literalidad y la interpretación de los inspirados textos de tratados y convenciones internacionales en materia de derechos humanos.