Entre ciudadanos

Juventud vulnerable y violenta

Durante las últimas semanas hemos visto a miles de jóvenes marchar y realizar actos violentos en diversas ciudades, destruyendo inmuebles y mobiliario urbano; acciones de protesta, entre otras causas, por la desaparición y posible muerte de los estudiantes de Ayotzinapa.

En este país, ser joven supone transitar por la vida durante una etapa de grave vulnerabilidad, donde en los hechos no tiene aplicación concreta el pacto social como garantía de condiciones mínimas para el buen desarrollo y proyección de los derechos humanos de aquellos que se encuentran entre los 15 y los 25 años, en proceso de definición de su proyecto vital.

Quizás para los jóvenes, la violencia y energía manifiesta en sus protestas es proporcional a la frustración que experimentan al enfrentarse con una realidad y una institucionalidad tan compleja y excluyente para ellos, porque en gran medida son herederos de la crisis sobre la que transita el siglo XXI; desde hace décadas nuestro país ha abandonado a sus jóvenes.

Teniendo como marco nacional el abandono y la orfandad institucional, los jóvenes son fácilmente reclutados y agregados a las filas de la delincuencia organizada y el narcotráfico, sin ningún referente o duda moral respecto de la responsabilidad y trascendencia de sus actos, vacunados respecto de cualquier referencia ética.

El momento político que vive México es en extremo delicado; los hechos de Ayotzinapa han sido de tal gravedad que los grupos más violentos y radicales en diversas regiones han aprovechado la quiebra moral institucional para promover toda clase de desmanes, en las imágenes que muestran los medios de comunicación es sobresaliente la presencia y participación de jóvenes que dan rienda suelta a su coraje destruyendo y disponiendo de bienes y patrimonios que encuentran a su paso.

Para las autoridades no debería ser difícil comprender que los jóvenes, más allá de la trascendencia y tragedia de sus acciones, en realidad suponen un grave fracaso para el Estado que no ha sabido o no ha podido ofrecerles alternativas y horizontes de realización.

El futuro de México que hoy se nos antoja incierto y desesperanzado, exige mirar a los jóvenes como la promesa generacional que son; urge atenderlos, acogerlos, orientarlos y abrirles horizontes ambiciosos de vida sana, trabajo digno, productivo y bien remunerado.