Entre ciudadanos

Elecciones y decepciones

En cualquier parte del mundo y a lo largo de la historia de las democracias, una constante obligada de toda contienda electoral es, sin duda, las prácticas recíprocas de descalificaciones, acusaciones y revelaciones incómodas orientadas a desacreditar las pretensiones de triunfo de los candidatos en contienda.

Esas campañas de lodo y suciedad son parte del ejercicio de la actividad pre electoral y se dirigen, más que a informar al elector sobre las ventajas de las propuestas de cada candidato, a desprestigiar a los adversarios.

Así, con ese torrente de información desagradable y decepcionante, de riquezas mal habidas y de nula ética personal y profesional como constantes en la vida de los candidatos en contienda, llegados al día de la elección, el voto del ciudadano elector, más que en favor del mejor candidato, es por el menos peor, y eso sin contar con el desinterés de millones de electores que ante el lamentable espectáculo de denuesto político, deciden no perder su valioso tiempo de fin de semana, haciendo fila en la casilla electoral, esperando el turno para votar y, en teoría, ejercer su derecho a elegir.

Se han escrito miles de páginas sobre las bondades de cada una de las reformas legislativas en materia de Derecho Electoral, sin embargo, en nuestro país lo cierto es que el sistema democrático en que vivimos no exige proporcionalidad, es decir, cantidad mínima de votos obtenidos para otorgar el triunfo a algún candidato en la contienda. El nuestro es un sistema de aritmética simple, un voto hace la diferencia y eso no está referido a ningún padrón potencial de votantes. De esta manera, es posible que el próximo 7 de junio algún candidato se alce con el triunfo con un total de 1 voto, a condición de que ninguno de los otros adversarios acumule más. Así de absurdo y así de posible.

La fallida democracia mexicana, tal como estamos viendo, con sus múltiples reformas legislativas y sus costosísimos tribunales, fiscalías e institutos con el ejercito de burócratas que las operan, en realidad han hecho nacer el monstruo de la partidocracia, que vive y se fortalece con dinero público. Los votos de los ciudadanos solo sirven para cuantificar el monto de la bolsa multimillonaria de dinero que año con año se reparten los políticos y sus partidos, así se explica que México sea un país de pobres ciudadanos, cerca de 60 millones, que sostienen una democracia fallida de lujo y derroche.