Entre ciudadanos

Ébola a la mexicana

El fantasma del contagio por la enfermedad viral y mortal del Ébola recorre África y Europa; de hecho, en su letal trayectoria ya se ha registrado alguna víctima mortal en territorio de nuestros vecinos del norte. La pertinencia de los cercos sanitarios en aeropuertos, y de manera particular en el caso de vuelos que hacen contacto con África, obliga a la revisión médica de pasajeros y tripulación sin excepción.

Desde luego, los niveles de salud pública son proporcionales al nivel económico de los países, de manera que la pobreza está inseparablemente unida a la falta de salud, higiene y vacunas, en esta trágica relación se esconde una ironía: la brutal e inhumana explotación de África a manos de los europeos, en muchos sentidos les cobra sus abusos.

Hoy en algunos de los países del Viejo Continente, el problema de los africanos asentados allí pone en peligro su natural equilibrio poblacional. En África, en medio de la precariedad de sus instituciones, se cuentan por miles los muertos por el virus del Ébola.

A miles de kilómetros de aquella tragedia sanitaria, aquí en nuestro país, también tenemos el dolorosísimo conteo de decenas, centenas y millares de muertos por la violencia social incontenida que recorre nuestro territorio con su funesta estadística.

En estas últimas semanas los protagonistas han sido jóvenes estudiantes rurales de la Escuela Normal de Ayotzinapa en Iguala, en Guerrero, a quienes secuestraron y en su búsqueda se ha verificado la existencia de fosas "clandestinas" donde se han encontrado restos de cuerpos humanos con signos de tortura y descuartizados; presumiblemente se afirma que podrían ser de los 43 jóvenes estudiantes desaparecidos.

Pero si no lo fueran es igual, nadie debe morir de esa manera. Las matazones continuadas, el absurdo del dolor y de la sangre y la muerte causada deliberadamente por otros, es un mal mucho más terrible, si cabe, que el causado por los virus y la insalubridad.

La grave enfermedad social que padece México exige mucho más que airados discursos conminando al orden y reclamando resultados inmediatos, al tiempo que se insiste en la diarrea legislativa como remedio universal, como si la realidad se pudiera modificar por decreto y como si negar la enfermedad fuera una terapéutica recomendable para un paciente que requiere cuidados intensivos y cirugía mayor.