Entre ciudadanos

Crisis moral de los honestos

La difusión de escenas que pertenecen a la "vida privada" de los servidores públicos, han costado el puesto, la carrera política o el prestigio a muchos funcionarios a lo largo de la historia mundial del morbo, como subgénero de la narrativa política del escándalo, tan vendedor en este tiempo necesitado de la "nota" para garantizar la sobrevivencia financiera de los medios de comunicación.

El asunto de los legisladores del PAN, exhibidos en una "fiesta privada en Puerto Vallarta", desde luego, admite muchas interpretaciones y la respuesta obligada a preguntas fundamentales, entre otras; ¿a quién beneficia publicar la grabación clandestina de escenas que ocurrieron en enero, ahora que es agosto?, ¿el financiamiento de la fiesta también fue con recursos públicos?, ¿en verdad la vida privada de los servidores públicos sólo es asunto de ellos?

La vida privada de los políticos en realidad es inexistente. Quien asume una responsabilidad laboral y social de esa naturaleza debe saberlo. De hecho, mientras mayor es el nivel jerárquico del servidor público más conocido y reconocido es, para bien y para mal; el matiz de una conducta pública o privada en realidad no modifica el valor ético de esa acción; la petición de moches a cambio de recursos del erario o la reunión y divertimiento con personas que se dedican a la prostitución son reprochables lo mismo si se realizan en público o en privado.

En estricto sentido, el valor moral de una acción no reside en el grado de publicidad que adquiera, ni en las circunstancias en que se realiza o en el fin que persiguen quienes la protagonizaron, en esencia, su trascendencia moral radica en el verbo mismo que dicha acción concreta.

El reproche ético y el desprestigio que acompaña a los legisladores del PAN asistentes a esa fiesta, no tiene nada que ver con el pretendido "derecho a la privacidad". Quienes profesionalmente viven de la política y ejercen cargos públicos, deben saber que la sociedad les exige un deber de cuidado respecto de su conducta, de manera que les es obligado el deber de coherencia entre sus dichos y sus hechos.

No se puede ser político únicamente durante la jornada laboral y pretender que el resto del día tiene derecho a comportarse de manera contraria a los valores morales que supuestamente suscribe; la ética política exige coherencia de vida, precisamente porque la honradez y la integridad no se improvisan.