Entre ciudadanos

Al César, lo que es del César 3 de 6

En opinión de conocedores, el discurso que el Papa Francisco dirigió a los obispos fue el más claro, duro y contundente de toda su visita; por las profundas raíces religiosas del pueblo mexicano, éste no se entiende desvinculado de la Virgen de Guadalupe, de manera que los grandes asuntos de la agenda nacional ligados a la pobreza, la corrupción, la impunidad, la exclusión y la violencia deben ser asumidos desde una clara y diferente postura de la Iglesia católica frente a sus fieles, y precisamente éste es el mensaje y el mandato que Su Santidad les dirige a los obispos mexicanos, un cambio de actitud, de servicio y entrega real y comprometida. Comparto con el lector fragmentos de ese memorable y sustancioso discurso.

Sean Obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los carros y caballos de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la columna de fuego que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor.

El mundo en el cual el Señor nos llama a desarrollar nuestra misión se ha vuelto muy complejo. Las fronteras, tan intensamente invocadas y sostenidas, se han vuelto permeables a la novedad de un mundo en el cual la fuerza de algunos ya no puede sobrevivir sin la vulnerabilidad de otros. La irreversible hibridación de la tecnología hace cercano lo que está lejano pero, lamentablemente, hace distante lo que debería estar cerca.

Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías. Quizás expresen la nostalgia de aquellos que no pueden olvidar al Señor, pero de todos modos son sólo el balbucear de huérfanos junto al sepulcro. Palabras finalmente incapaces de impedir que el mundo quede abandonado y reducido a la propia potencia desesperada.