Taller Sie7e

El viernes de dolores

Hemos tenido costumbres bellísimas en México que envidiarían los extranjeros. Aunque todo evoluciona naturalmente, sería muy sabio conservar lo propio, producto de una cultura de muchos siglos. Una de ellas era la celebración del Viernes de Dolores, dedicado a las penas que sufrió la Santísima Virgen.    Tres semanas antes se iniciaban los preparativos para decorar el Altar de Dolores, decorado profusamente con objetos de barro poroso o lleno de agujeritos, a los que se había cubierto de semillas como chía, amaranto, y otras que se ponían a germinar al sol. Se armaba el altar en la sala con una mesa y algunos cajones para formar diversos niveles.

En la pared una cortina de seda y una imagen de Cristo, y en la última grada, otra de la Virgen Dolorosa.    Se adornaba el altar con listones de colores, naranjas previamente doradas cubiertas con banderitas plateadas, y en vasos, copas, botellas u otros recipientes de vidrio, las aguas de diferentes colores, llamadas “las lágrimas de la Virgen”. Se colocaban varias velas de cera en las gradas, puestas en candeleros y adornadas con papel de china picado y banderitas plateadas y doradas   Las figuras de barro sembradas con chía y amaranto alternaban con las plantitas amarillentas de trigo y lenteja, las naranjas doradas con sus banderitas, y los frascos llenos de agua de colores. Detrás de los frascos de agua de colores se ponían lamparitas de aceite encendidas que los hacían brillar.    A los lados del altar se veían macetas con plantas decorativas como helechos y otras más; y al frente, un tapete con salvado extendido, sobre el que, por medio de patrones de papel, se hacían complicadas labores con pétales de flores, polvo de café, obleas desmenuzadas y algunas semillas, y en el centro el anagrama de la Santísima Virgen.      

Las familias invitadas a la celebración concurrían por la noche, y encendido el altar, se procedía al rezo, y después a la ejecución de diversas musicales decidas a la Madre de Dios, como el Stabat Mater de Rossini, las Siete Palabras de Mercadante, o el Ave María de Baca, ejecutadas al piano o en la guitarra. En los intermedios musicales, las empleadas domésticas repartían en grandes charolas las “lágrimas de la Virgen” de diversos colores, como la espumosa horchata  con rajas de canela, el agua de chía, de limón, de tamarindo, de piña, de jamaica, de timbiriche y de perifollo. Había que probar todos los sabores para cumplimentar a los anfitriones.    Hermosas costumbres de nuestro México, totalmente propias, que no necesita importar otras mejores.