Taller Sie7e

Las pastorelas navideñas

En el México antiguo, un México que algunos añoramos todavía, la Navidad se celebraba con muchas ceremonias a cual más lucida. Los teatros ofrecían funciones alusivas, como las Pastorelas. Éstas daban principio con un Conciliábulo entre las fuerzas de Satán. Luzbel se presentaba afligido por la próxima venida al mundo del Mesías, y con acento iracundo llamaba como cómplices para impedirlo al Pecado y a la Astucia. Terminaba amenazando al cielo entre una gran cantidad de cohetes chisperos que arrojaban una lluvia de fuego, y dejaban el teatro apestando a azufre. Seguían los pastores en sencillos diálogos, las riñas domésticas de Bato y Gila, las sandeces de Bato y Bras, perseguidos con saña por Luzbel; la aparición del arcángel San Gabriel a los pastores anunciándoles la Buena Nueva, y por último, la gran contienda con las espadas desnudas entre los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael contra Luzbel, el Pecado y la Astucia, hasta que se escuchaba el grito de Miguel: “¿Quién como Dios, bestia fiera?”, y caían desplomados los diablos. Se escuchaba entonces la música y se veían los pastores dirigiéndose al portal de Belén para cantar los villancicos y ofrecer sus dones al recién nacido.

   Las Posadas o Jornadas en novenario, se iniciaban el día 16 de diciembre para terminar el 24, víspera del nacimiento de Jesús, nuestro Salvador. Conmemoraban las penosas jornadas que emprendieron José y María, de Nazaret a Belén, a fin de empadronarse según el edicto del emperador romano César Augusto. Diversas familias se repartían por turno los días de las posadas, y decoraban sus casas con guirnaldas de ramas de pino y farolitos de papel. A la llegada de los concurrentes se iniciaba una procesión que cantaba la Letanía de la Virgen. Dos niños llevaban en andas a los Santos Peregrinos,  con el ángel y la consabida mulita. Detrás marchaban los músicos y las personas con velitas encendidas. “De larga jornada rendidos llegamos, y así lo imploramos para descansar”. “¿Quién  a nuestras puertas en noche inclemente, se acerca imprudente para molestar?”, hasta que identificados los Santos Peregrinos se abrían las puertas. Reinaba la algarabía, se rompía una piñata: “¡Ándale Juana, no te alborotes, con la canasta de los tejocotes”, se obsequiaban aguinaldos y colaciones. Se tenía prevenido un hermoso Nacimiento, instituido por San Francisco de Asís en el siglo XIII, con San José y la Virgen arrodillados junto al Niño Dios, junto con los pastores, el buey y la mula, frente al cual cantaban villancicos los concurrentes. Se servia una gran cena seguida de deliciosos buñuelos con miel, y se desataba la alegría y el gozo. No había aglomeraciones, ni deudas con “meses sin intereses” de nuestra sociedad de consumo. 

   Yo quisiera cantar de nuevo con mis amigos: “¡No quiero oro, ni quiero plata, yo lo que quiero es romper la piñata!”.