Taller Sie7e

El fuego nuevo


El tiempo se medía, entre los aztecas, por ciclos de 52 años. Al término de este período, para conjurar el peligro del final, se hacía una ceremonia al fuego, su creador, padre del sol. Creían que si no se renovaba el fuego, se acabaría el mundo, y que aquella noche y aquellas tinieblas serían perpetuas, porque el sol no volvería a aparecer por el oriente y de arriba vendrían los "tzitzimine", demonios terribles que se comerían a los hombres. Acabada la rueda de los años, los de México y su comarca hacían la ceremonia del Fuego Nuevo, arrojando al agua de las acequias o lagunas las figuras de sus dioses domésticos, rompían las vasijas y piedras de moler, apagaban todos los fuegos y limpiaban sus casas. A la caída de la tarde, cuando el último Tonatiuh se hundía tras las montañas, todos subían a las azoteas. Sólo las mujeres grávidas se encerraban en los graneros, cubiertos sus rostros con pencas de maguey, para evitar, si el fuego no se encendía, que se convirtieran en animales feroces. Se evitaba a la vez, con estrujones y pellizcos, que los niños se tornaran en ratones si se dormían.

¿Volvería a salir el sol, o se hundiría para siempre en la mansión de los muertos, el Mictlán tenebroso? Por el camino de Huitzachtlán, marchaba la hilera sombría de los sacerdotes dirigidos por el "tlamacazqui" de Copolco, vestidos de mantas de rayas blancas y negras, y sus rostros untados de "ulli" más negros que la misma noche, recorriendo el camino de las Pléyades en el firmamento.

A media noche se hacía la lumbre sobre el pecho de un cautivo de guerra, se le abrían las entrañas, y se arrojaba su corazón al fuego, hasta que todo su cuerpo se consumía en las llamas. Los habitantes del valle veían por fin la luz del fuego lejano que se propagaba como un incendio reflejándose en el espejo de los lagos. Los gritos de alegría aumentaban al brotar por fin entre nubes de púrpura, el nuevo sol, ofreciendo otra vez la vida al mundo.

El fuego se distribuía por corredores que lo llevaban a todos los templos y pueblos. Los habitantes renovaban sus alhajas, vestidos y petates. Echaban en el fuego copal y cabezas de codornices ofreciendo incienso a los dioses. Y al mediodía comenzaban los sacerdotes a sacrificar a los prisioneros de guerra...Los aztecas se vestían de gala para nacer a una nueva vida, y por eso eran las oraciones y los sacrificios, bárbaros, pero religiosos al fin. El pueblo daba gracias al cielo porque le volvía el mayor de los bienes: la luz.Deseo a mis lectores que 2014 coincida con la llegada de un fuego nuevo a sus corazones.