Taller Sie7e

La fiesta del fuego nuevo

Cada ciclo de 52 años, nos relata Fr. Bernardino de Sahagún, se creía que terminaba un período solar, y si no se renovaba el fuego se pondría en riesgo la existencia del mundo y del linaje humano. En consecuencia, esa noche y aquellas tinieblas serían  perpetuas, pues el sol no  tornaría a aparecer por el oriente. Entonces, de arriba descenderían los “tzitzimine”, demonios terribles y feísimos, que se comerían a los hombres. Presos de gran temor, y para conjurar aquel peligro, se hacía la ceremonia del Fuego Nuevo, dedicada al fuego, padre del sol, iniciando una “guerra santa”, a fin de obtener víctimas qué ofrecer en sacrificio a los dioses.

   El último día en que terminaba la rueda de los años del cielo, hacían los aztecas la gran ceremonia llamada Toxiumolpilli (“atadura de los años”) o bien Xiuhtzitzquilo (“se toma el año nuevo”). Por la tarde, arrojaban al agua de la laguna los dioses que tenían en sus casas, rompían las piedras del hogar y las de moler, apagaban todos los fuegos y limpiaban muy bien sus casas. Sólo las mujeres grávidas quedaban encerradas en los graneros, cubiertos los rostros con pencas de maguey, para evitar, si el fuego no se encendía, que se convirtieran en feroces animales que devorarían a la gente. Se evitaba a la vez, con estrujones y pellizcos, que los niños se tornaran en ratones si se dormían.

   ¿Volvería a salir el sol al día siguiente escalando las cimas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl o se hundiría para siempre en el Mictlán tenebroso? Los sacerdotes marchaban en sombría hilera al cerro de Huitzachtlán vestidos de mantas rayadas de negro con los rostros pintados de “ulli” (chapopote) y al llegar a la cima, hacían lumbre sobre el pecho del cautivo, arrancándole las entrañas y arrojándolas al fuego.

   Creciendo la lumbre en la hoguera se iniciaban los gritos de júbilo en el valle, aumentando al brotar por entre las nubes, ofreciendo otra vez la vida al mundo, el nuevo sol. Los corredores llevaban teas encendidas a  todos los templos y volvía la fe y la vida a los pobladores. Se ponían vestidos nuevos, renovaban sus alhajas y se entregaban a la alegría, sin notar apenas la hilera de víctimas que subían al templo a ser sacrificadas en honor de los dioses para que no faltara la luz del sol.

   Hoy ya no hacemos esos bárbaros sacrificios, y acaso por eso nos han llegado a veces tzitzimine, esos demonios “terribles y feísimos” que  nos han robado la paz. Esperamos que en este Año Nuevo no deje de brillar la luz del cielo para nosotros.