Taller Sie7e

La atadura de los años

Se denominaba en náhuatl, Toxiuhmolpilli, o “atadura de los años” a la festividad del Fuego Nuevo, ceremonia que se efectuaba cada 52 años. En 1116, con la destrucción de Tula, había concluido el llamado Cuarto Sol de los aztecas. Se avecinaba el peligro de que las tinieblas fueran perpetuas,  y  descendieran los demonios “tzitzimine” a comerse a los hombres, por lo que había de celebrarse la fiesta al fuego, para conjurar el peligro.

   Los habitantes de Tenochtitlan arrojaban a las lagunas sus dioses domésticos, rompían las piedras del fogón y las de moler, apagaban todo fuego encendido y se dedicaban a limpiar sus hogares. Por la tarde, cuando el sol Tonatiuh se escondía tras de las montañas, procuraban encerrar en graneros a las mujeres embarazadas, cubriéndoles la cara con pencas de maguey para evitar se convirtiesen en animales feroces. También se cuidaba de que los niños se mantuvieran despiertos, a base de pellizcos y estrujones, para que no se tornaran en ratones. Terminado esto, subían todos a las azoteas a vigilar la puesta del sol.

   ¿Volvería a salir Tonatiuh al día siguiente, escalando las cimas de nieve del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, o se hundiría para siempre en el Mictlán tenebroso?

   Se vislumbraba a lo lejos una sombría hilera de sacerdotes vestidos con túnicas rayadas de negro y blanco,  y con sus rostros pintados de “ulli” de igual color, que marchaba hacia la montaña por el camino que conducía al cerro de Huitzachtlán, mientras en lo alto de los cielos desfilaban las Pléyades  en armonía.

   A media noche, en el pecho de un prisionero de guerra, yacente sobre una piedra, hacían lumbre. Enseguida, le abrían las entrañas arrancándole el corazón, que arrojaban al fuego, atizándolo hasta que éste se consumía. El fuego se entregaba a unos corredores que lo llevaban a los diversos pueblos.

Los gritos de alegría del pueblo aumentaban, al brotar entre nubes de púrpura, ofreciendo otra vez la vida al mundo, el Nuevo Sol.

   Los habitantes renovaban sus alhajas y  vestidos y ponían en el suelo nuevos petates. El pueblo se vestía de gala para nacer a una nueva vida, dando gracias al cielo porque le volvía el mayor de los bienes: la luz.

   Deseo a mis lectores que este nuevo año 2015 coincida con la llegada de un fuego nuevo en sus corazones.