Para Reflexionar

Pedir ayuda

Cuando el niño en su afán de agradar a sus padres y demostrar su propia valía grita “yo puedo solo” al desarrollar alguna habilidad, dicho esfuerzo es reforzado por sus padres y por la sociedad misma. “Yo puedo solo” se vuelve entonces una especie de grabación interna, en un mandato interior que significa también “no necesito ayuda”.

En las primeras etapas de la vida nos involucramos en una lucha interior, alrededor de los 3 años buscamos la autonomía, hacerlo por nosotros mismos, demostrar que lo logramos, pero si nos equivocamos surge la vergüenza y la duda. Ganamos el autocontrol de nuestros impulsos básicos a fuerza de voluntad, y recibimos los mensajes clave de: “Tu puedes… tu puedes solo… andar en bicicleta, vestirte, dibujar dentro los límites o rayas en el papel, etc.” Más adelante la lucha es entre la iniciativa y la culpa, es decir la intencionalidad propia y las equivocaciones que frente a los demás nos estigmatizan como “no pudiste solo, te equivocaste” y entonces nuestra vida transcurre queriendo demostrar que si podemos y que podemos hacerlo solos.

Este proceso de aprendizaje es valioso para el desarrollo de nuestras habilidades y destrezas, poder andar en bicicleta y hacerlo sin ayuda es un logro que fortalece la autoestima, lo mismo sucede con muchos de nuestros aprendizajes. Pero también aprendemos un “debes” que nos puede limitar, “Debes hacerlo solo y sin ayuda”.

Con el paso del tiempo esta grabación se afianza en nuestra actitud, queremos ser personas esforzadas que no necesitamos ayuda de nadie. Si andamos perdidos y no localizamos una calle y un número, no solicitamos información pues “puedo encentrar la dirección yo solo”, si vamos al supermercado o la tienda departamental no pedimos ayuda para saber dónde se encuentran algunos productos, por el mandato interno de “yo puedo solo”.

Cuando se trata de asuntos de mayor gravedad tampoco lo hacemos: cuando tenemos problemas emocionales, cuando necesitamos mejorar nuestra relación de pareja y educar mejor a nuestros hijos… creemos que solos lo podemos hacer y esto muchas veces no es posible. El ejemplo clásico es el del alcohólico, que, lleno de angustia y depresión piensa que puede dejar de beber él solo. Existen fuerzas invisibles, internas y externas, que nos "disuaden" de pedir ayuda y difunden la idea que –pedir ayuda- es señal de incompetencia.

La cultura machista proyecta una imagen de debilidad sobre todo aquel que no puede hacerlo solo. Como consecuencia, se aíslan y el sentido de comunidad y trabajo en equipo se desintegra. La mujer, es más realista, solicita la ayuda con mayor facilidad y es capaz de darse cuenta de sus límites y del apoyo que necesita.

Se vale pues, pedir ayuda…


luisrey.delgado@grupolala.com