Para Reflexionar

Honradez

Es triste observar la tendencia a lo que llamaríamos ser un prángana, o un gorrón, a aprovecharse del sudor de los demás y, llegado el extremo, a aprovechar cualquier cargo en beneficio propio.
Las personas, sean ciudadanos de a pie, políticos o empresarios, dejan de cumplir con la ley y se corrompen por una combinación de un entorno propicio, una oportunidad y un tipo de personalidad que, superando el temor a un posible castigo, anteponen el interés individual al beneficio común y al cumplimiento de la ley.
Tal parece que nadie está a salvo de comportarse de manera corrupta. No pagar el IVA en una factura, intentar sobornar a un policía para eludir una multa o a un funcionario público para acelerar un trámite administrativo, fingir una enfermedad para no ir al trabajo, falsificar datos de un formulario para obtener un beneficio social…
Si bien puede parecer que hay actividades y profesiones de mayor riesgo en el mundo de las finanzas, las empresas o la política, la experiencia indica que todos llevamos un potencial corrupto dentro. Sin embargo, es también evidente que no todo el mundo que tiene la oportunidad de infringir la ley en beneficio propio lo hace. Hay que tener también ciertos rasgos de personalidad. Hay ingredientes en la personalidad que agitan el cóctel y pueden desembocar en comportamientos corruptos si se dan ciertas condiciones.
Quizá un rasgo predominante sea el egocentrismo, es decir, utilizar a los otros para fortalecer su autoestima y satisfacer sus deseos. Los narcisistas sobrevaloran su valía personal y esperan que las otras personas les atiendan. Y también la personalidad antisocial, que conlleva una frialdad emocional, carencia de ética y un comportamiento basado en el engaño y la manipulación, sin remordimiento por las consecuencias de sus actos.
Un corrupto es una persona que realiza un proceso premeditado, razonado y calculado de costo-beneficio; si el beneficio obtenido es mayor que el potencial costo de ser descubierto, se puede llevar a cabo la acción corrupta.
Se explica que en un país donde todo el mundo es tramposo el incentivo para ser tramposo es mayor que donde todo el mundo es honrado. Si todos presumen de evadir impuestos, todos lo harán  En sentido contrario, también se puede alcanzar un equilibrio basado en la honradez, donde “se descubre”, con el paso del tiempo, que todos están mejor si todo el mundo cumple.
Existe en la conciencia personal y colectiva un sentido de honradez, honestidad y de hacer lo correcto dentro de un código de conducta o comportamiento que genera confianza y buenas relaciones. Además donde todo el mundo sabe que si pillan a un tramposo hay consecuencias y sanciones.
Perder la conciencia moral o engañarse a sí mismo es el fruto más grotesco y triste de la corrupción.