Para Reflexionar

Educación para la paz

La noción de educación para la paz fue impulsada por la ONU en los 70´s con el propósito de formar a las nuevas generaciones en una “cultura de paz”, que permita resolver conflictos a través del diálogo, la mutua comprensión y la valoración de la diversidad. Los objetivos son transmitir una ética de libertad e igualdad, con el desarrollo de habilidades sociales. En momentos donde la violencia nos impregna desde múltiples fuentes, contribuir a una educación para la convivencia no violenta es de vital importancia y ya sabemos que el cambio es de adentro hacia afuera – de lo local a lo global, de la persona y la familia a la sociedad – este es el camino más humilde pero más poderoso.
Hoy aparecen nuevos términos y actitudes, como “pensar en positivo”. Surgen los constructores de la paz, los educadores para la paz o hasta los investigadores para la paz, que forman el nuevo panorama contra la violencia. El acento es que para resolver los problemas de convivencia, hay que superar y abandonar la retórica del castigo y la amenaza. Educar para la paz es más una estrategia psicológica y pedagógica, basada en el refuerzo de la comunicación y el cambio, desde el diálogo respetuoso.
Desde las primeras etapas del desarrollo, aprendemos a relacionarnos con o sin violencia, curiosamente el primer paso se construye con la experiencia de “tengo derecho a expresar mis necesidades”. La educación en la no violencia enfrenta su primera asignatura en la expresión clara, directa, personal y a la vez respetuosa, sin adjetivos ni provocaciones.
El lenguaje es el vehículo a través del cual trasmitimos respeto o falta de respeto. El modo de hablar – el arte de informarle al otro como nos afecta su conducta – que se precie de ser verdaderamente respetuoso y constructivo utiliza la primera persona y un lenguaje descriptivo. “Cuando tu hiciste… yo me sentí así…” Parece algo tan sencillo y, sin embargo, resulta tan difícil circunscribirse a expresar de manera descriptiva “como me sentí en determinada situación” y dejar de ser sermoneador, enjuiciador, culpador, consejero, víctima o corrector del prójimo… En las conversaciones familiares y los diálogos entre padres e hijos está la oportunidad cotidiana de educar para la paz, para inculcar actitudes tolerantes y constructivas, para enseñar las habilidades que permiten controlar y manejar de forma positiva el conflicto.
Las nuevas generaciones de jóvenes creen poco en la autoridad incongruente, pero son sensibles al ejemplo de vida, rechazan los formalismos, pero son respetuosos del que tiene la práctica y la experiencia, tienden a reafirmar su individualidad pero son capaces de actitudes cooperativas de gran calado; junto con la actitud optimista y positiva de los jóvenes actuales ya no es viable padres que cometen errores, que se ponen nerviosos sin saber qué hacer o que dan una bofetada a los hijos para descargar los nervios.
Cercanía y firmeza son las actitudes educativas que podemos, y creo que debemos aprender, para construir la paz desde nuestras relaciones familiares si deseamos la paz social verdadera y duradera.


luisrey.delgado@grupolala.com