Para Reflexionar

Autoridad

Los contemporáneos de Jesús, asombrados por sus palabras y su manera de expresarse, decían que: «Habla con autoridad» (Lc. 4,32). 

Tiene autoridad, quien conoce bien el tema del que habla. Incluso se dice: «Es una autoridad en la materia». Pero se necesita que el expositor manifieste convencimiento, para que sus oyentes acepten la verdad de lo que dice. En labios de un orador apático, hasta una verdad evidente puede sonar a mentira.

Para que nuestra palabra tenga autoridad debemos conocer suficientemente la materia de la que hablamos, ojalá que tengamos sensatez para callar sobre temas que no conocemos. Adquirimos el conocimiento por experiencia y por el estudio.

La intención es fundamental en lo que decimos, como lo es en todo acto humano. Puedo hablar para exhibir mis conocimientos, para agredir, para enseñar, para infundir entusiasmo, o para ofender y lastimar. Tiene autoridad el que no busca el halago de los demás, ni pretende quedar bien con nadie, se trata de buscar la verdad, no la gloria.

El deseo de ser reconocidos y alabados corrompe nuestras buenas intenciones.

Muchas veces estamos más preocupados por nosotros que por transmitir un mensaje que beneficie a quien nos escucha.

Por ello, buscar alabanzas o evitar críticas mutila nuestra palabra. El orgullo y la vanidad envilece el compromiso. Ningún bien real haremos a las personas que queremos cuando conversamos con ellas si no es desde el conocimiento y el afecto. 

Por ello la responsabilidad de padres, maestros, médicos, abogados, funcionarios públicos y privados es no solamente la autoridad que tienen delegada o natural, sino como pueden “hablar con autoridad” por su calidad de vida y su congruencia personal. Hay una elocuencia que no brota del corazón; elocuencia aprendida y postiza, como de “oradores oficiales” en las reuniones políticas, salones de clase o reuniones familiares 

En la historia existen ejemplos de personas que han convencido de algo porque lo dicen con entusiasmo; muchos vendedores tienen éxito, precisamente por su elocuencia; los líderes sindicales o estudiantiles arrastran multitudes, porque valientemente arriesgan su trabajo, su libertad o su vida al hablar, pues dicen lo que piensan, creen en lo que dicen, lo dicen con pasión y su palabra es creíble pues es dicha con autoridad. Sin embargo, la palabra necesita ser confirmada por signos y el signo por excelencia es la coherencia de vida. 


luisrey.delgado@grupolala.com