La violencia familiar es asunto de todos

Una pareja dio muerte a su sobrina de seis años a golpes. Una joven de 23 asesinó a su hijastra de dos años a golpes. Un marido acuchilló a su esposa porque algo le dijeron en una borrachera. Una tía de quince años que cuidaba a una niña de año y medio la golpeó y la asfixió porque no se callaba. Todo en este mes.

Ayer, los organismos intermedios subrayaron un récord histórico en la violencia familiar denunciada en Nuevo León. Mil 102 casos en enero. Más allá de si lo que aumentó fueron las agresiones o las denuncias, el hecho es que la violencia familiar es un problema generalizado, gravísimo y complejo.

Disminuirla pasa por la acción de la justicia, claro, pero la violencia familiar es mucho más que eso. Cuando estalla dentro del círculo más cercano, no basta lo que se le pueda exigir a las autoridades. Es asunto de todos.

En muchos casos la ignorancia y la impotencia parecen ser el detonante: la falta de herramientas para resolver un conflicto de otras maneras. Y la denuncia es particularmente difícil: un esposo, un padre o un padrastro golpeador es denunciado en medio de una espiral de temor. Temor a quedarse desprotegidos o a que todo se repita y se acentúe si el violento regresa. La demanda y el perdón son intermitentes.

Todos estamos involucrados. Si no lo vemos así, nos vamos a acabar echando la culpa de una generación a otra. Cada uno de los miembros de una familia debe ser portador de mensajes de no violencia y de herramientas para hacerla posible en la casa. En las escuelas es necesario que el tema sea motivo de capacitación a maestros y de atención a casos particulares por parte de especialistas. En el trabajo los problemas hay que resolverlos de otra manera, distinta al mero uso del poder, y hacerlo conscientemente. En las organizaciones de barrio, en las iglesias y en todos los etcéteras posibles… todos los que cumplan una función directa o indirectamente pedagógica.

Estamos lejos. A la violencia familiar no le hemos ganado la partida. Y mientras no se la ganemos, viviremos en un polvorín.

luis.petersen@milenio.com