La mayoría ha sentido sus derechos tambalearse. ¿Nos extraña la violencia?

Yo discrimino, tú discriminas, él discrimina. No nos hagamos: todos discriminamos. Hemos podido enfrentar muchos de nuestros demonios nacionales y locales. Pero el desprecio, no.

MILENIO Monterrey ha dado cuenta de casos recientes de discriminación en planteles escolares de nuestra ciudad. Uno, en el Hills Institute, en Cumbres, donde corrieron a una niña por tener dos papás. Otro, en la escuela Felipe Ángeles, en la colonia Topo Chico, por bullying a niños indígenas no evitado por la institución educativa.

Dolorosos, estos casos evidenciaron también fallas de fondo. Una de éstas es la falta de una ley estatal contra la discriminación, que se ha quedado congelada en el Congreso local, a pesar de acuerdos, iniciativas y promesas. Y de años. ¿Por qué? Seguramente porque una ley así, en estos momentos, no vende. Los diputados no lo han considerado importante. Sin duda se sienten más exigidos por los ciudadanos a sacar adelante otras cosas.

Aquí es donde entramos todos. Nuevo León es uno de los estados que más discrimina en el país (que es de por sí un gran discriminador). En los casos que menciono hablamos de discriminación por preferencia sexual o por motivos raciales. Pero es importante aceptar (de nuevo, no nos hagamos) que en nuestra ciudad y en nuestro estado son muchos los grupos vulnerables a la discriminación: minorías religiosas, mujeres, niños, grupos indígenas, pobres, peatones, trabajadoras domésticas…

El sábado pasado publicamos aquí una entrevista con el presidente de la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación, Ricardo Bucio. Me llamaron la atención sus cuentas. Al sumar todas las minorías efectivamente discriminadas, resulta que una mayoría en el estado ha sentido el odio generalizador por el solo hecho de poseer alguna característica.

Concluye Bucio que “evidentemente esto afecta el tejido social y puede ser un caldo de cultivo de distintos tipos de agresión y de violencia”.

Si realmente nos preocupa esta violencia que no se va, deberíamos de preguntarnos de dónde se alimenta: no hay duda que la discriminación, el rechazo, el desprecio de segmentos enteros de la sociedad está entre sus platillos favoritos.