¿La resurrección de las campañas?

Mucho se oye que las campañas actuales son un desastre. Hemos escuchado y dicho que no levantan, que no critican, no proponen, no reflejan una visión de diagnóstico y tratamiento de los problemas del estado.

Así han sido. Ahora la pregunta es si hay que darlas por muertas, o si, por el contrario, hay posibilidades de que en algún momento enciendan el interés de los ciudadanos.

Hay varias novedades en este periodo electoral que lo hacen diferente. Primera, el número de candidatos. Diez aspirantes para gobernador y una verdadera multiplicación de candidatos a alcaldes, diputados locales y diputados federales hacen una sopa indigesta, con demasiados ingredientes.

Este número es producto sobre todo de la multiplicación de los partidos pequeños, para quienes aliarse con los grandes no les garantiza ya tener el porcentaje de votos necesario para seguir existiendo. Lograr ese tres por ciento de la votación sobre su logotipo, o morir, los lleva a plantearse una campaña de supervivencia y no de gobierno.

Segunda novedad, los independientes. En Nuevo León es más importante que en cualquier otro estado, porque son muchos los candidatos sin partido y porque uno de ellos busca nada menos que la gubernatura. Su planteamiento es la crítica general del sistema de partidos y lo que entre todos han hecho de la política. No les gusta la política, al menos la que conocemos aquí y no comparten los acuerdos básicos de campaña entre los partidos.

Tercera, los tiempos. Las elecciones se adelantan al 7 de junio. Las campañas estatales a gobernador, alcaldes y diputados locales comenzaron hace un mes, rotas por las vacaciones antes de que hubieran podido despegar. Las campañas a diputado federal comenzaron apenas este domingo de Pascua, aunque nada promete que resuciten.

Y hay otras novedades, pero éstas son las que a mi juicio ayudan a entender si hay futuro para estas campañas. ¿Tienen alguna posibilidad de generar interés? Hay que decir que será realmente difícil. Las divergencias entre candidatos van más allá de planes de gobierno. Lo que está en juego es la elemental confianza en la clase política y en el sistema que la ha sostenido. No es que unos digan blanco y otros negro. Es peor: unos dicen blanco y otros dicen árbol.

luis.petersen@milenio.com