Para que haya proximidad se necesitan buenos policías

Claro que, en teoría, es una buena idea. Y no tiene por qué ser malo en la práctica. Los municipios metropolitanos están tratando de reaccionar a las nuevas circunstancias de la ciudad con una policía preventiva distinta, ahora llamada policía de proximidad. Esas nuevas circunstancias significan que ya no hay diez asesinatos al día por parte del crimen organizado, ni colgados en los puentes ni cosas así. Sin embargo, hay robos a casas y oficinas, una violencia intrafamiliar infernal, asesinatos pasionales, asaltos en la vía pública y ese tipo de inseguridad y violencia urbana, según la zona.

Ante todo eso, se requieren policías con otro perfil. Y los municipios (con sus alcaldes) en general están de acuerdo. Se trata de policías que vayan conociendo y siendo conocidos por una población específica y que se especialicen paulatinamente en el racimo de problemas de esa población y esa zona. Que sean confiables como para recibir denuncias. Que la cercanía supla a las armas largas. Que sean, sin embargo, apoyados por un grupo de reacción con garras y armas cuando sea necesario.

De acuerdo. Suena. De proximidad o de barrio, de lo que sea, este tipo de policía ya olvidado hace falta de nuevo. La violencia ligada al crimen organizado hizo pensar en otras cosas, en policías de grueso calibre.

Pero no hay que olvidar que, aunque menos armado, el policía de proximidad debe ser plenamente confiable, probadamente confiable, preparado, conocedor y bien remunerado. No hay que olvidar que el descuido de las corporaciones municipales por parte de los alcaldes fue un elemento clave para que entrara el crimen organizado como lo hizo. De repente, oh sorpresa, ya tenían otro jefe. No hay que olvidar que ya antes vivían de la corrupción y la mordida, que los ciudadanos eran cómplices y que eran ellos mismos los que minaban la credibilidad policiaca. No hay que olvidar que eran policías vistos por gran parte de la población con desprecio, como pequeños, con equipos destartalados y pidiendo para el chesco. Más como un estorbo que como una ayuda.

¿Quién querrá ser policía de proximidad con esta tradición encima? No hay que olvidarlo. Convence más un robocop que un burócrata.  

luis.petersen@milenio.com