Nuevo León débil

Claro que el Gabinete del gobernador está fracturado y ahí es donde habría que buscar las  explicaciones a la pobreza de sus resultados.

Si el gobernador ha decidido dejar su cargo para ir a la elección presidencial, es su decisión y nadie le podrá quitar su derecho a ser votado. Si, como lo ha dicho, tiene lo necesario para joderse a todos, ¿quién le va a quitar el bronco gusto de participar?

El problema es aquí y ahora. La duda de su permanencia (o la certeza del abandono, pues ya lo ha dicho demasiado) ya está produciendo un remolino; bueno, un tornado interno en el Gobierno.

En primer lugar genera movimientos de rivalidad en el equipo directo del gobernador. 

Abundan los ejemplos. Entre secretarios, media hora después de abrazarse públicamente,   mandan mensajes por abajo de la mesa sobre la renuncia inminente o el despido del otro, como si estuvieran en esquinas opuestas del ring.

O graban mensajes públicos: el secretario general de Gobierno, quien debería ser la amalgama de la unidad, subió a su Facebook un video muy formal donde proponía la elección abierta del procurador. ¿Ya se va el actual? ¿Ya quiere que se vaya?

La incertidumbre provoca el surgimiento de otros liderazgos. Todos quieren. Todos se mueven. El avispero político se alborota.

En segundo lugar, el aviso de competir por la Presidencia produce una sensación generalizada de debilidad institucional. Hasta ahora se nota sobre todo en seguridad: más gente, de todos los niveles de violencia, se atreve a arriesgarse si no se topa con un estado de derecho y una autoridad sólidos.

Pero también se nota en la incapacidad del equipo de Gobierno de sacar adelante los presupuestos que se necesitan y la continuidad de los proyectos. En un par de meses no se sabrá quién gobierna, con qué y con qué legitimidad.

¿Se va a quedar todo en veremos? ¿En discursos? ¿En maquetas? ¿En promesas? ¿Quién garantiza que el siguiente seguirá adelante con las mismas ideas de un Gobierno que apenas alcanzó a despegar?

luis.petersen@milenio.com