El juego de las antialcohólicas

Así no van a funcionar. Las antialcohólicas, como hemos terminado por llamar a esos retenes decembrinos, sólo han servido para aumentar, entre pinos y santacloses, la cantidad de luces que adornan las noches navideñas.

Cualquier evaluación de esos operativos debería centrarse en la disminución de accidentes en los que interviene la ebriedad como protagonista. Y no sólo en navidades, sino en años nuevos, carnavales, semanas santas, vacaciones de verano, gritos de Independencia, veintes de noviembre o lo que quieran.

Pero tal mejoría no se ha dado. En San Pedro, por poner un ejemplo, donde ha habido operativos desde hace varias navidades, hubo 46 accidentes alcohólicos en 2012, casi igual que en 2011, pero hasta octubre de este año ya se contaban 78.

En el municipio de Monterrey, para octubre de 2013 llevábamos 306 accidentes de borrachos. No parece que habrá mejoría con respecto al año pasado, en el que la cifra llegó a 327, con 162 lesionados y 16 muertos.

Me dirán que ni me imagino cuántos accidentes habría si no existieran las antialcohólicas. La verdad no me lo imagino, pero ésa no es forma de evaluar. Lo único que se puede ver en las cifras es que los resultados no son mejores cuando hay retenes que cuando no los hay.

Las antialcohólicas llaman más a jugar con ellas que a tomar conciencia de los riesgos. Los conductores buscan cómo sacarles la vuelta. Las redes sociales están llenas de avisos acerca de la ubicación de los operativos y de rutas alternas. Esquivarlos es parte de la fiesta.

No hace tanto tiempo, un buen amigo se topó de repente con la antialcohólica por Anillo Periférico, a unas cuadras su casa. Hizo sus cálculos y concluyó que difícilmente la libraría. No tenía escapatoria, había pasado la última calle. Necesitaba una solución inmediata. Media cuadra antes del retén puso sus direccionales, entró a un edificio de apartamentos y se estacionó como si hubiera llegado. Luego decidió continuar a pie. Salió, cruzó a la banqueta de enfrente para alejarse lo más posible de los policías del operativo. Cuando hubo pasado, escuchó los gritos de los agentes, que habían visto todo: “¡Lero! ¡Lero!”. Los volteó a ver muy digno, sólo pensando: “Pues lero, lero, pero no pendejo”. Y siguió su zigzagueante camino.