La guerra por el segundo lugar

A estas alturas de las campañas, se dice que si uno de los dos candidatos, Felipe o El Bronco, se le adelanta contundentemente al otro, cuidado con él.

¿Por qué? Porque el que logre el segundo lugar será el beneficiario del voto útil. El que se afiance, pues, como segundo se convierte en favorito para capitalizar el descontento y para llevarse el voto que no se quiera desperdiciar en quien no tenga posibilidades de triunfo.

Eso se dice. Y sin duda algo habrá de cierto en ello, aunque habría que añadirle varios matices pues las cosas no son tan mecánicas como se platican. Si Felipe se le adelanta a El Bronco, el voto antipriista se puede concentrar en el primero, pero no ese voto antipartidos que recientemente ha ganado adeptos: el PAN ha contribuido con fuerza a este descontento, quizá no le alcance para ganar. Si es El Bronco quien toma la delantera, podría llevarse el voto del descontento partidista, pero sólo si logra convencer a los votantes de su independencia y de su capacidad de cambiar las cosas en beneficio de todos: lo bronco se le puede revertir y no alcanzarle tampoco.

Eso, si se alguno se corona subcampeón en estos días. Pero la realidad es que situarse en un contundente segundo lugar también está muy complicado para cualquiera de los dos. Y, además, ¿cómo saberlo? Todo está por verse y sólo se verá si se dan un par de condiciones: que se pueda conocer con suficiente certeza cómo van los candidatos en las preferencias electorales y que la gente lo crea. El votante no puede enterarse de quién va mejor si no es por lo que le dicen los sondeos. Y generalmente están vinculados a las partes interesadas.

La confianza en los procesos electorales es muy baja en todo el país. Un estudio del INE, que no tiene por qué estar sesgado, reveló que sólo 27 por ciento confía en las elecciones (fue la portada de MILENIO el domingo). Esta desconfianza incluye a las instituciones y a la clase política, claro, pero también a los sondeos electorales. La contienda puede ahora tomar la forma de una guerra de encuestas. ¿A quién creerle?

luis.petersen@milenio.com