La guerra de los adelantados

En estos tiempos nadie puede ser un aspirante político respetable si no lo han denunciado como un adelantado que se ha saltado las reglas del juego y empezado su carrera electoral antes de tiempo.

Para las instituciones electorales, adelantarse es inválido, incluso ilegal. Para los partidos y sus jefes, por el contrario, es un signo de que sí hay fuerza, ambición y valor para ser un contendiente serio. “Tú éntrale con toda tu energía, tráenos la mayor cantidad de votos, hazlo como puedas: sólo cuídate que no te saquen tarjeta roja”, suelen decirles a los aspirantes.

Y siempre salen ganando los partidos. En parte porque el encargado de sacar la tarjeta roja a los adelantados no tiene claras sus atribuciones legales. Y en parte porque no quiere tenerlas claras: el primero al que le pongan un alto les armará un tango. Lo que pasa con los adelantados pasa con otros temas: los topes de gastos de campaña, el acarreo.

Este fin de semana la nueva Comisión Electoral tronó. En un comunicado, el sábado, anunció que había apelado ante el Trife porque el tribunal estatal le había regresado un expediente de adelantados que no estaba completo.

Según la CEE, a ella no le toca resolver el caso, sólo presentarlo. Pero el Tribunal Estatal Electoral respondió que en el expediente devuelto no había conclusiones y que las necesitaban. Que deberían decir al menos si pensaban que había foul o que no.

¿Quién tiene la razón? Eso lo va a determinar el Trife. Pero aquí el punto es si en todo proceso electoral tendremos un árbitro y un juez capaces de hacer cumplir las reglas del juego.

Porque la lectura de quienes observan es inevitable: es obvio para los votantes y para la población que hay adelantados; para todos es obvio menos para la autoridad que los debe regular. Y si deja pasar este momento de arranque, para todos será obvio que la autoridad electoral no tiene autoridad y se reducirá a jugar el papel de institución de membrete.

Ojalá se pongan de acuerdo Comisión y Tribunal, que mantengan su legitimidad, si no, tantos cambios y tantas reformas no tendrán sentido para la democracia y para este estado.

luis.petersen@milenio.com