¿Ha fracasado la educación ética?

Sí, cualquiera diría que nuestra educación ética ha fracasado. Como país, estamos entre los corruptos del mundo. Nos creemos corruptos y pensamos que los demás lo son: todo compatriota es gandaya, pensamos. Y amparados en la primera gran divisa, “piensa mal y acertarás”, concluimos: si no me quedo yo con el botín, otro lo hará.

Nuestra relación con la ley es claramente desvergonzada. La segunda gran divisa nacional es que la ley se hace para violarla. Más pronto aprendemos los trucos para hacerlo que para esforzarnos por cumplir. Obedecer la ley nos hace sentir insoportablemente idiotas; violarla, inteligentes.

Y faltaría espacio aquí para documentar el pesimismo: la tercera divisa, que sintetiza las anteriores, es nada menos que “el que no transa no avanza”. Es la educación que recibimos y que no hemos sido capaces sino de reproducir. Ni la escuela, ni la sociedad, ni las universidades ni las Iglesias han podido hacer otra cosa.

Sin embargo, cuando uno se asoma a los espacios de sobrevivencia, aparece un México distinto. Igual que cuando alguien tiene un accidente o un contratiempo mecánico en la carretera. México sobrevive sólo porque ha sido un país solidario. Y si alguien quiere insistir en que somos un país de cínicos, en realidad no ha visto lo suficiente.

¿Qué sucede? Las dos partes son reales. No podemos decir que somos apáticos. Las redes de solidaridad existen. La preocupación por el otro, el impulso por construirse en convivencia, existen.

Sólo que tal vez tenemos nuestras propias cegueras individuales y de grupo. Y aquí es donde la educación ha fracasado. Sobre este empuje de construcción humana, la educación ética supone reflexión, autocrítica, discusión, el hallazgo de los mejores caminos en las circunstancias específicas: la vieja prudencia (phronesis). Y no la retahíla de valores recitada por otros. Y no la lista de comportamientos “buenos” y “malos”. Y no obligaciones cívicas que no logran encontrar sentido en cada uno.

Pues no hay pensamiento ético si no hay pensamiento propio. Tenemos muy pocas invitaciones a la reflexión y el diálogo ético serio a lo largo de nuestras de vidas. Muy pocas invitaciones a experiencias de participación que hagan posible esa reflexión. Más que una sociedad de apáticos, deberíamos hablar de una sociedad de excluidos.

luis.petersen@milenio.com