El desinterés electoral

Quedan tres semanas para el comienzo formal del proceso que preparará y calificará las elecciones de junio próximo. Para los que están dentro, sea como protagonistas, como árbitros o como analistas, el hecho reviste una importancia enorme. Pero al ciudadano común le da exactamente lo mismo.

No es exagerado decirlo. Este triunfo del desgano debería ser la mayor preocupación de los políticos. Es un tema mundial, es cierto, al grado de que, por ejemplo, la BBC tiene entre sus grandes debates televisivos (TheBig Questions) el tema de si debería ser obligatorio votar. Sí, es mundial, pero la indiferencia está hecha con materiales de cada país y cada región. En muchas partes el desinterés dura mientras las cosas van bien; en el momento de una crisis la gente se vuelca sobre las urnas y las calles hasta que recupera su soberanía. ¿De qué está hecho el desinterés en una región como la nuestra, donde hay decisiones fuertes, vitales por tomar y los motores de la participación siguen apagados?

La respuesta no la conozco. Sólo aventuro que, aunque hubo avances al final del siglo, seguimos sin creer en la limpieza electoral. Primero era el fraude abierto, luego fue la inequidad de las contiendas, después la injerencia de los partidos en los organismos electorales y, finalmente, la falta de dientes en las autoridades electorales para castigar: los candidatos se han pasado los topes en gastos de campaña como si se pasaran el número de calorías que el médico les recetó para su dieta.

Ahora volvemos a cambiar los organismos, pasamos de IFE a INE y están por nombrar a los funcionarios locales ¡porque en muchos estados no eran dignos de confianza para los propios partidos! Obviamente, seguimos sin creer en los personajes políticos. Los vemos como alguien que en la primera oportunidad se va a servir con la cuchara grande.

Y en el fondo, aunque encontremos al político limpio (se da el caso), preferimos quedarnos al margen de la participación. Algo en nuestro interior nos frena, nuestros genes, nuestra tradición… como si el monstruo de la vida pública fuera traicionero y no respetara ni a su mismísimo amo, la sociedad que le da la fuerza con su voto.

luis.petersen@milenio.com