La decepción democrática

Si las candidaturas independientes ayudan a que se renueve el interés ciudadano por la democracia, bienvenidas. Pero si hay trabas y dobles juegos en el trabajo que al respecto hoy comienza el Congreso del Estado, entonces mejor no: la decepción será mayor.

Los últimos años del siglo XX fueron importantes para la política mexicana. Había, sobre todo en las clases medias, un impulso hacia la democracia que logró crear instituciones independientes, como el IFE y el IFAI (con sus respectivos institutos estatales) para garantizar elecciones limpias y para fiscalizar el trabajo de la autoridad. Una ola de deseos de participación cimentaba las nuevas organizaciones.

El siglo XXI ha traído un aprendizaje doloroso: la ola democrática no tenía tanta fuerza. Hay mucho por andar y pocas suelas. Nadie ha podido con los partidos. Éstos han sido hábiles en el manejo de sus estructuras de voto popular, eufemismo para designar el voto pobre a cambio de dádivas que provienen, de forma más que chueca, de los presupuestos que administran. Es decir, de los impuestos. Y no ha habido ciudadanía que los detenga.

Las clases medias, encendidas hace 15 o 20 años en el afán democratizador, dejaron pasar la rola. No han sido capaces, hasta el momento, ni de asomarse a las mayoritarias clases bajas para invitarlas a un ejercicio de democracia. Los institutos de transparencia no han logrado descubrir las estructuras de corrupción que están detrás del voto comprado. Los organismos electorales no han logrado detenerlo.

Hoy en el Congreso de Nuevo León, los partidos representados aceptarán otro camino de los candidatos sin partido. Puede ser que con una competencia independiente surjan nuevas soluciones a los nuevos problemas de la democracia. Que avance el voto libre es el desafío fundamental: el voto por formas de organización social, por plataformas específicas, por ciertos planteamientos y soluciones de los problemas, por personas y equipos de trabajo que generan confianza. Todo menos lonches.

Pero sobre todo, se abre la posibilidad a que los ciudadanos, de todos los niveles socioeconómicos, puedan recuperar el interés por la democracia y la participación. Y eso, a todos incumbe, empezando por los propios partidos políticos, si lo piensan bien. Cualquier otra vía termina en el abismo.

luis.petersen@milenio.com