Debate francés

Los primeros tres minutos del debate bastan para darse una idea de lo que está en juego en la elección francesa del domingo próximo. La primera pregunta indagaba cuál era, a cuatro días de la segunda vuelta, el état d’esprit de los candidatos. El primer turno era de ella, como es debido: respondió que se hallaba enormement contente porque la opción para los franceses era clara: por un lado estaba Emmanuel Macron, el candidato de la globalización salvaje, de la brutalidad social, del todos contra todos, del saqueo económico por parte de los grandes grupos y por los intereses del comunitarismo, todo eso capitaneado por el terrible presidente Hollande. Y por su heredero Macron, el Hollande junior.

Por el otro lado estaba ella misma, Marine Le Pen, la candidata del pueblo, de Francia, de su cultura y su unidad, de la nación que protege, que protege a los compatriotas, las fronteras, la civilización, los empleos.

Macron comenzó diciendo que no esperaba de ella  otra cosa. Usted no es la candidata de la finesse, ni de la voluntad de un debate democrático equilibrado, le dijo todavía serenamente. Usted no es otra cosa que la auténtica heredera del partido político de la extrema derecha que prospera desde hace años con la cólera francesa, prosiguió. Usted es portadora del espíritu de la derrota, para el que todo es  demasiado duro y no encuentra más opción que dar marcha atrás. Según el espíritu de la derrota, hay que cerrar las fronteras, salir de Europa y del euro, dar marcha atrás en la lucha contra el terrorismo. Y cerró: usted, Madame Le Pen,  trae el espíritu de la derrota, yo el de la conquista. Porque Francia siempre ha tenido éxito y lo ha tenido en todo el mundo. Hay cambios enormes por hacer. Y lo que yo busco es que gane Francia.

Según los primeros sondeos, Macron pareció más convincente al 63 por ciento. Y la intención de voto sigue claramente con él. Pero... hasta el martes había un grupo de indecisos bastante nutrido (18 por ciento).

En estos tiempos, aguas.

luis.petersen@milenio.com