El "calvario" de las contraseñas

La recomendación se vuelve obsesiva: por seguridad, cambie su contraseña. Como si no se dieran cuenta que ya tenemos la cabeza llena de claves, sumadas a una cantidad no determinada de “nombres de usuario” que también hay que recordar. Un verdadero calvario de la época.

Es la batalla diaria: ¿por qué no funciona este aparato, esta página o esta aplicación, si el password está bien? Ah, no: era el del otro mail, o era el del otro banco. O tal vez quisiste entrar a la red de la oficina con el usuario de Netflix.

En estos pleitos interiores se va todo el tiempo que la tecnología prometió ahorrarnos: está la contraseña de la computadora de la casa, la del smartphone (cuidado, cámbiala, traes todos tus datos ahí), la de la computadora de la oficina, las de los correos, la del banco por internet, la de la tarjeta de crédito para comprar por web, la del cajero automático, la de Facebook, Twitter e Instagram, la de de los periódicos digitales, la de la cuenta de puntos de la línea aérea, la de las películas, la de los libros…

Creo que estoy dentro del promedio y el número de mis contraseñas ronda los cuarenta. Si le sumo las que aprendí al dedillo y ya no sirven… tengo suficientes hasta para soñar.

Y todos te recomiendan cuidados. Francamente, o no saben lo que dicen o se hacen y no quieren ver el problema social que hay detrás. Con el error de seguridad Heartbleed el mensaje de cambio de password se ha acompañado de una buena dosis de terror: resulta que estamos amenazados.

A cambiarlas todas. Además, te insisten en que no elijas contraseñas fáciles de adivinar y que procures no escribirlas. Pero la víbora se muerde la cola: lo difícil para otros resulta ser lo difícil para uno mismo. Van directo al olvido.

Estaba a punto de domiciliar todos mis pagos para evitarme más claves cuando un amigo me comentó su propio calvario: CFE se había cobrado casi cuarenta mil pesitos por la luz de un departamento desocupado y ahora él se dedica a perseguir a la empresa para que los devuelvan. Así que, mientras no inventen lectores conjuntos de iris, ADN y malas intenciones para suplir la contraseña, pues toma tu cruz y síguele.

luis.petersen@milenio.com