Violencia: más aprendizaje y menos alcohol

Las vacaciones de verano empezaron sangrando, por esa violencia doméstica que acaba con la vida sobre todo de mujeres, de niñas y de niños en los círculos de la familia y las relaciones cercanas. Ahí donde debería imperar el cariño y el respeto, demasiadas veces salen ganando los celos, las inseguridades, la borrachera, el rencor y la incapacidad de dialogar.

Este fin de semana un joven de San Pedro asesinó a golpes a la madre de su novia, de San Nicolás; una hija mató a su propia mamá a cuchilladas y le echó la culpa a su hermano, y una familia de esta zona metropolitana regresó de vacaciones en las playas de Tampico sin su pequeña hija, asesinada la madrugada del viernes: las investigaciones no han podido descartar esta violencia cercana.

Es el calorón, dicen, pero siempre hay un pretexto. En todo caso, poco podemos hacer para quitar el calor y mucho podríamos aprender para disminuir la violencia. Aunque no es asunto sólo de algunos.

La violencia familiar es un problema generalizado, gravísimo y complejo. Y la denuncia es particularmente difícil. Un esposo, un padre o un padrastro violento es denunciado en medio de una espiral de temor: temor a quedarse desprotegidos, a que todo se repita, a que se acentúe si el violento regresa. Mejor lo perdonan.

Insisto: en muchos casos la ignorancia y la impotencia, la falta de herramientas para resolver un conflicto de otras maneras, parecen ser el detonante de las agresiones físicas. Y el alcohol las aviva.

Una política de prevención de la violencia familiar nos involucra a todos. Si no lo vemos así, nos vamos a acabar echando la culpa hasta el infinito. Y la violencia seguirá creciendo.

Cada uno de los miembros de una familia debe ser portador de lecciones de no violencia y de herramientas para hacerla posible en la casa, conocidas en todas partes, en las escuelas de todo tipo, en los centros de trabajo, en las organizaciones de barrio, en las reuniones de las iglesias: quienes asisten ahí deben aprender a resolver los problemas de una forma distinta al mero uso del poder, con palabras, con reconocimiento de los sentimientos y, muy importante, considerando el abuso del alcohol como un verdadero problema.

luis.petersen@milenio.com