Sobreventa

Viéndolo desde Nuevo León, me gustó el planteamiento de José Woldenberg ("¿Dónde estamos?") en la revista Nexos de octubre. Se pregunta por las fuentes del desencanto en la vida política del país. "Es tal que me temo que podamos tirar al niño junto con el agua sucia", comenta.

Varios factores nutren, en su opinión, este fastidio. Pero hay uno que tiene mucho que ver con el presente nuevoleonés: "El malestar se alimenta de la sobreventa de expectativas que se irradiaron a lo largo del proceso de transición democrática. Desmontar un sistema autoritario y construir uno democrático fue visto como una operación virtuosa que todo lo podría".

El proceso de transición no sólo lograría el equilibrio de poderes, la alternancia y la competencia política: también "se erradicaría la corrupción, brillaría el Estado de derecho, la economía crecería sin descanso, México sería un país menos desigual y abatiría la pobreza, y váyale usted sumando".

Es importante notar, creo, que en este momento de Nuevo León hay exactamente esto: una sobreventa de expectativas. Nos hemos creído que todo se arreglará con la llegada del primer gobierno independiente del estado (y del país). Todo: el tema de la deuda, el problema del transporte, la lacra de la corrupción, la falta de agua en los años venideros, la mediocridad educativa.

La sobreventa de expectativas es una riesgosa realidad para Nuevo León. Como si fuera posible componer todas las carencias a partir de la llegada de un gobierno sin partido.

Como si no tener partido fuera la garantía de un gobierno capaz de resolverlo todo y en quince minutos, como la promesa foxiana que tantas esperanzas evoca y tantas decepciones provoca. Más aún: como si la mera llegada de un buen gobierno (supongamos), del color que se quiera, fuera la solución automática de todos nuestros viejísimos y arraigados problemas sociales.

Es una realidad riesgosa porque la caída es más dura entre más alta sea la nube. Y ya no estamos para caídas. El desencanto frente a la clase política y frente a las instituciones democráticas es mayúsculo y ya no quedan muchas salidas.

No vayamos, como dice Woldenberg, a tirar al niño con el agua sucia.


luis.petersen@milenio.com