Políticamente correcto

Lo que no me gusta es el lenguaje descuidado y pobre. Acerca de las palabras incorrectas, majaderías, groserías, marranerías o como las quieran llamar, debo confesar que ejercen sobre mí una fascinación especial.

Sobre todo, porque el lenguaje altisonante y una chingada bien puesta alivian sin duda el alma, expresan lo indecible, desatan el humor, afilan la espada de la ironía, destrozan la rigidez del orden, otorgan libertades y ayudan a conectar el cerebro con el oído, proceso que se denomina "escucha". Estoy seguro incluso de su capacidad para prevenir tumores (al menos en la lengua), pero esto lo tendría que confirmar un médico malhablado, y casi no hay.

Si me apuran, concederé que dos palabrotas seguidas, de nuevo, correctamente colocadas, son capaces no de duplicar, sino de triplicar o hasta cuadriplicar sus benéficos efectos.

Pero hablar de wey y de cabrón todo el día, y poner los aguacates como único y máximo criterio de verdad y de moralidad, bueno... estarán de acuerdo conmigo en que revela terribles limitaciones.

No sólo las obvias limitaciones de vocabulario. Mucho más: un vocabulario pobre disminuye nuestra capacidad de captar y de entender. La razón es simple: no seríamos capaces de distinguir entre sí dos realidades si no las supiéramos nombrar con palabras diferentes.

Y tampoco podríamos situarnos a nosotros mismos en la realidad, en los distintos papeles que jugamos en la vida. Un gobernante, por más "bronco" que sea, tiene que ubicar su papel y su investidura al hablar, pues lo hace con la representación y el poder de la sociedad entera. No debería, por ejemplo, aplanar la diversidad llamándole a todos cabrones: al hábil negociador, al adversario sagaz o al delincuente llano.

¿Por qué no? Porque terminaría acusando sin pruebas. Y cuando eso viene de un gobernante, lo acerca al tirano. Excede su derecho si insulta, si condena o si se le echa encima con palabras a un particular. Lo podrá mandar a juicio si tiene los elementos que la ley exige.

En otras palabras, ser políticamente correcto no siempre es un defecto; en el caso de un político, cuando gobierna, es una gran cualidad. Claro, si no quiere, es libre de no serlo aunque, cómo les diré, esas sí que serían chingaderas.


luis.petersen@milenio.com