¡Parques!

En las mejores ciudades, el patio de la casa es la ciudad misma: el parque, la calzada, el camellón, la plaza, la cancha, el paseo, el jardín botánico o la banqueta arbolada. Las casas no tienen por qué ser grandes si se tiene ciudad.

Se es mucho menos pobre si afuera de la vivienda hay una ciudad agradable, capaz de brindar una mayor calidad de vida. Esto significa muchas cosas, es cierto, como el transporte y los servicios básicos; también significa espacios públicos suficientes, seguros, verdes, limpios, adecuados para conversar, caminar, hacer la tarea, resolver problemas, cerrar un negocio, hacer ejercicio, ir de picnic...

O simplemente para pasar sin que el trayecto sea un purgatorio. Para unos, entre dos cielos: la casa y el trabajo o la escuela; para muchos, entre dos infiernos.

La zona metropolitana de Monterrey necesita parques. De cualquier tipo, de todos tipos, pero bien cuidados, arbolados y vigilados. Aunque en los años recientes algunos alcaldes se han esmerado en recuperar los espacios públicos, aún falta mucho. La deuda verde sí que asusta y ya no se puede refinanciar.

No se puede más que celebrar que el gobernador Rodríguez Calderón haya volteado a ver a La Pastora como un asunto prioritario y que el alcalde Cienfuegos le entre en colaboración.

Es importante que el proyecto realmente se lleve a cabo, que se logren los apoyos públicos y privados necesarios, que no se agote en sólo una primera etapa y que se prevea un mecanismo duradero para el mantenimiento del parque, porque aquí aplica la ley de la liga: en cuanto la sueltas, todo vuelve a su lugar.

Los encargados de la ciudad sí pueden hacer algo efectivo por mitigar la pobreza. Aunque no dependa de ellos el poder adquisitivo ni la distribución directa del ingreso, no se pueden voltear a otro lado. De ellos depende significativamente que la ciudad aporte a la calidad de vida de sus habitantes.

Y una vía clave para eso son los espacios públicos y su aprovechamiento. ¡Parques! No es algo tan difícil.

luis.petersen@milenio.com