El PAN y la derrota en Nuevo León

El 7 de junio el PAN vivió su peor elección desde que se había hecho importante. Para donde uno voltee, el partido quedó sumido en el más pesimista de los escenarios previsibles. Y con pocas posibilidades de un replanteamiento.

En la Cámara de Diputados quedó casi a la mitad de lo que estaba. En los Congresos locales tuvo pérdidas estrepitosas. Y de los nueve estados donde hubo elección a gobernador se llevó dos: mantuvo BCS y recuperó Querétaro. Entre los que perdió, tuvo que entregar Sonora.

La derrota en Nuevo León fue un golpe duro para el panismo. Aunque al principio no se veía como un resultado particularmente desastroso, al final quedó hundido como en cualquier parte.

Fue el PAN quien ganó aquí más distritos locales, pero a la hora del reparto de la representación proporcional tuvo que atenerse a las reglas y no logró la mayoría: sumados el PRI, el PT y el Panal lo igualan con 19 diputados.

En cuanto a municipios, Monterrey significó la máxima pérdida, pero Juárez también se suma a la tragedia.

Y está la derrota del candidato a gobernador. Ganar el gobierno de Nuevo León era prioridad para la dirigencia nacional. Después del resultado de 2012, Gustavo Madero se movió a toda velocidad para aglutinar posibilidades de triunfo en la siguiente. Su movimiento incluía este estado, porque había probabilidades. El panismo arraigado en algunos municipios de la zona metropolitana tenía capacidad de llevar a la gente a votar. Y Margarita Arellanes parecía ser la persona ideal.

Lo que Madero no pudo o no quiso hacer fue convocar a los panistas de Nuevo León, abandonar las camarillas y pensar en recuperar al ciudadano. El PAN había colaborado a la política de empleos burocráticos y se movía bajo la consigna de no perderlos. Por lo mismo, dejó de ser capaz de decirle algo a los electores.

Ahora, en todo el país, el PAN tiene poca energía. 2015 le dio una estocada de muerte y la certeza de que las dos enfermedades diagnosticadas hace tres años: la presencia de camarillas que trabajan para sí mismas y la ausencia de un discurso convocador de los votantes de la segunda década del siglo, son males crónicos e incurables. Y se encuentran, en este caso, en etapa avanzada.

luis.petersen@milenio.com