Independientes: ¿dónde está el punto?

Ayer en el Congreso se discutían en un Foro los criterios para la aceptación de las candidaturas independientes. Algunos de quienes apoyan estas candidaturas estuvieron ahí, y terminaron abandonando el recinto con las manos simbólicamente amarradas en señal de impotencia y de violación a las libertades. De desacuerdo.

Detrás del performance hay que preguntarse por los puntos centrales del debate. Por un lado, está el número de firmas requeridas para la aceptación de un candidato independiente. Por el otro, la asignación de recursos que el Estado pondrá a disposición de estos candidatos y sus campañas.

El Estado no está obligado a seguir los criterios federales. Este es un punto clave. Aquí los diputados se sentirían bien si la ley estatal siguiera a la federal. Pero no. El Congreso de Nuevo León tendrá que argumentar, por su propia cuenta, firmas y recursos, discutir con qué criterios, jugarse riesgos y pensar más allá de 2015. Armonizar la equidad entre candidatos con partido y candidatos sin partido, con un filtro que impida que cualquiera empiece a hacer campaña nada más porque sí.

¿Cuál es el número de firmas que debería conseguir un candidato para aparecer en las boletas electorales? ¡Quién sabe! Pero está claro que hay que evitar, en un extremo, la multiplicación de los candidatos independientes y, en el otro, la continuación de un partidismo electoral que negocia absolutamente todo para garantizar su permanencia y la de una clase política que en realidad es poco exigida.

Los diputados saben que no pueden dejar pasar esta oportunidad. Pero tampoco pueden poner en riesgo una elección con un número de candidatos cuya cara, no se diga su plataforma, nadie recordaría. ¿Y a quiénes se les apoyaría financieramente? ¿Con cuánto?

Tienen que escuchar, los diputados. Ayer en la tarde, con ese Foro, querían hacerlo, al menos oficialmente. Pero es quizá lo que más trabajo les cuesta: la organización misma no se prestaba a la escucha de los ciudadanos. En todo caso eran los expertos a quienes el orden del día privilegiaba. No a los ciudadanos que querían hablar. Éstos trataron de modificar el orden y tuvieron poca paciencia: terminaron saliendo.

Las dos partes pudieron haber hecho las cosas de otra forma. Aún pueden. El tema lo vale.

luis.petersen@milenio.com