Ildefonso va

Ildefonso Guajardo, secretario de Economía, convocó ayer mismo a una rueda de prensa. Tres de la tarde, hotel Quinta Real. Se presentaba para que le preguntaran si aún estaba en la contienda para gobernador. Al menos así lo entendieron los medios. Y le preguntaron.

El mensaje fue claro y muy a su estilo: aquí sigo. Se podría entender, parafraseando a un clásico de la mecánica nacional: a mí no me den por muerto.

Guajardo estaba en Monterrey representando al presidente Enrique Peña Nieto en la reunión CEO México-EU. Su mensaje de estar en la jugada fue importante porque, pensando en la gubernatura, distintos observadores de la política local casi le habían extendido un acta de defunción ante la ausencia de signos vitales.

Cristina Díaz, Ivonne Álvarez y Federico Vargas se han movido como quien está compitiendo. Héctor Gutiérrez y Pedro Pablo Treviño un poco menos, aunque el otro día me encontré un anuncio panorámico de éste último en el camino al aeropuerto… ¡de Guadalajara!

Del secretario de Economía, en cambio, lo que se comenta entre las fuentes informadas es una semana que va, otra semana que no va y otra que quién sabe.

“En la última entrada se define el juego”, dijo ayer. La metáfora beisbolera de Ildefonso, además de situarlo como jugador, también dio una pista de cómo serán los tiempos. Se puede suponer que aún no estamos en la última entrada y que en su opinión faltan todavía algunas semanas.

La visita y su mensaje cifrado alborotaron al círculo político. Y curiosamente, el secretario de Economía demostró que su posible candidatura es todavía capaz de poner a temblar a algunos. Levantan la ceja y ahí están, al pendiente.

De lo que se puede estar seguro es que los agotados aspirantes ya no duermen. La carrera priista  ha terminado por ser demasiado larga y, estresados, las precandidatas y los precandidatos ya no saben si seguir andando o de plano tomarse un respiro y un ponche en las posadas. Y sentarse a ver cómo, enfrente, los panistas se desgastan discutiendo si le ponen una raya amarilla a la camiseta azul y los perredistas a empujones deciden ponerle una raya azul a su calcetín amarillo. Santa no llega.

luis.petersen@milenio.com