El Día del Pasmo

Ayer fue el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. El nombre es larguísimo, pero aquí en Nuevo León (y creo que en buena parte de México) podría resumirse muy brevemente: el Día del Pasmo.

Pasmados, vemos que las cifras se elevan. Pasmados, escuchamos que sólo hay más denuncias, pero que la violencia no avanza. Pasmados, sabemos que avanza. Pasmados, todos conocemos más de un caso de violencia contra mujeres.

Pasmados, aunque sabemos que una sociedad violenta al interior de las familias (una gran parte de esta violencia es contra las mujeres) es una sociedad enferma y no confiable, y que hay algo de monstruoso en esta forma de intentar acabar con los problemas de la vida cotidiana.

Este año, el 25 de noviembre fue precedido aquí por una dolorosa confirmación. En plena calle, como si fuera un performance final tras 40 años de agresiones, una mujer de 65 años fue acuchillada por su marido celoso. Cuando lograron separarlo, ella ya había muerto.

Las cifras son alarmantes y la crueldad de cada caso asusta. Los homicidios de mujeres, aún restándole, si se quiere, los que pueden achacarse al crimen organizado en sus peores momentos, están en franco aumento.

Reconozco que el problema es particularmente complejo, que intervienen factores múltiples como la falta de herramientas de diálogo y el exceso de alcohol, y que involucra a todos, personas e instituciones. Pero a todos pasma.

Hay dos elementos clave en este pasmo compartido. Por una parte, los gobiernos locales: es suficiente decir que la conmemoración de ayer les pasó de noche (me dicen que con la excepción de Santa Catarina). Ni siquiera salieron a hablar del problema, de las denuncias, de la confianza que se puede tener en la institución, de la tarea que corresponde a escuelas, familias y organizaciones sociales... Ayer nadie insistió más, como si estuvieran más cansados de este asunto que Murillo Karam del suyo.

Por otra parte, en la sociedad hay organizaciones que hacen trabajo notable. Pero, mientras las cifras suben, ni el número de organizaciones (que se cuentan los dedos de una mano) cambia ni aumenta su capacidad o su número de afiliados activos. ¿De veras queremos resolver el tema?

luis.petersen@milenio.com