Corrupción: la ley sometida

Doña corrupción es omnipresente. Se ha puesto en el centro de la discusión mexicana y regiomontana. Nos inquieta, a veces nos agobia y ciertamente resulta inmanejable. Está presente en cualquier diagnóstico de nuestros males y es un ingrediente fundamental de todas nuestras vergüenzas.

El fin de semana conversé sobre el tema con un grupo estudiantil interuniversitario, en la UDEM. Para mí fue muy interesante constatar el interés por el asunto: preguntas, interpretaciones, ideas, más preguntas. Uno de los planteamientos fundamentales era, por supuesto, si la corrupción es una cuestión cultural, o es sólo una enfermedad de las autoridades en turno, que adoptan un sistema de impunidad y lo aprovechan alegremente. Y si hay algún remedio a la vista...

¿Es una cuestión cultural? Sí lo pienso, aunque esto no exonera a las autoridades y a los poderes de todo tipo que la aprovechan. La clave es que la ley no ha llegado a ser el paraguas que rige los actos, que protege los derechos, que permite las diferencias y las arbitra. Al contrario, explícitamente o no, a la ley la sometemos a nuestras creencias, a nuestra opinión, a nuestra moral. Si no va con la ley, peor para la ley.

En nuestra historia, las leyes han sido una imposición de los poderosos, con beneficios para ellos. La moral ha significado una liberación de esas leyes. En nuestra tradición religiosa, la ley humana se somete a la ley divina. Me dirán que no cualquier interpretación de la ley divina es válida, pero al final vivimos en un mundo cada vez más plural y cada cual la interpreta según su propia conciencia y circunstancia.

Insisto, aquí las leyes no son el paraguas. Al revés: las leyes están sometidas a nuestras interpretaciones morales.

¿Hay remedio? Sólo sé que un cambio tiene que empezar por el compromiso de los poderosos por cumplir la ley sobre todas las cosas. Autoridades, empresarios, iglesias... la desconfianza disminuirá cuando la ley deje de usarse para beneficio de los peces grandes y perjuicio de los pequeños. Sin pretexto.


luis.petersen@milenio.com