"Chapulines" y cazadores

El deporte del chapulineo puede ser muy feo y mal visto, puede evidenciar burdamente las intenciones de quien lo hace, puede ser un signo de desprecio al votante por no terminar el periodo para el cual fue elegido sin que exista una causa de fuerza mayor (sino una causa de puesto mayor).

Puede ser una falta de compromiso: reducir el periodo de un alcalde es casi cínico si se piensa en los resultados que se deben presentar a las ciudades y a los ciudadanos. Los periodos en la presidencia municipal no llegan a dos años porque el alcalde chapulín deja su encargo mucho antes. Y si a eso le suman que, inevitablemente, el primer año es para ubicarse, la verdad estamos perdidos.

Sí, puede ser todo lo anterior y más, pero nada de eso está por encima del derecho que tiene cualquiera en México a votar y ser votado. Incluso el chapulín.

Por eso, los únicos que pueden castigar al chapulín son los votantes. Los cazadores judiciales ya lo han intentado antes en Nuevo León (sobre todo aquí, en otras partes no prendió) y quedó claro que los chapulines no tenían obligación legal de quedarse en su puesto. Los amparaba la Constitución.

Claro que Ivonne Álvarez y Fernando Larrazabal tuvieron que pasar buena parte de sus campañas atendiendo una enorme cantidad de diligencias legales. Los cazadores tenían ciertamente más tiempo que los candidatos.

Si Margarita Arellanes chapulinea, ella y su partido se lo deben explicar a sus votantes. Y correr el riesgo de que no les guste: razones tendrían de sobra.

El tema de fondo del chapulineo municipal está en principio resuelto con la reelección de alcaldes. A partir de ahora, chapulinear ni será tan atractivo, ni será tan arriesgado.

Hoy por hoy, los cazadores tendrían razón si su tarea consistiera en convencer al ciudadano de las desventajas del chapulineo (hay que decir que también tiene ventajas; si no, en las actuales circunstancias, ¿de dónde sacaríamos políticos con experiencia y con carrera?). Eso, convencer, es lo que no han logrado. Han preferido el juego legaloide.

Es inevitable pensar que detrás de ellos también hay un interés partidista. No me digan que no… pero en la democracia hay que ganar con votos.

luis.petersen@milenio.com