Diario de campo

El sueño del retorno

El gobierno de Guanajuato, a través de su Instituto de Apoyo al Migrante Guanajuatense y sus Familias, calcula que en este fin de año alrededor de 35 mil guanajuatenses se reincorporarán a sus lugares de origen, en visita vacacional. Provienen sobre todo de California, Texas, Illinois, las Carolinas, Pensilvania y Oregón, aunque hay presencia de paisanos en la mayoría de los estados del país del norte. Llegan familias completas de migrantes con documentos que les permitan regresar con facilidad a sus localidades donde habitan la mayor parte del año. No pocos vienen con sus trocas cargadas de bienes materiales, que en buena parte son obsequios a sus parientes y amigos en su terruño, o bien equipo para seguir completando el menaje de las casas que construyen en sus comunidades, bajo el sueño del regreso anhelado.

El retorno a casa. Ese es el objetivo último de la mayoría de los emigrados de primera generación. No lo es para sus hijos nacidos en los Estados Unidos, que tienen sus vidas ya definidas en las localidades de destino; muchos han perdido la habilidad de expresarse correctamente en español, y su perspectiva es la de permanecer allá. Por eso es tan difícil concretar ese regreso soñado por sus padres: cada año hay más motivos para mantenerse por allá: terminar de pagar la casa o el vehículo, organizar la boda del hijo o hija, el compromiso renovado con “el patrón”, el surgimiento nuevos proyectos, nuevos compromisos.

Entretanto los migrantes siguen enviando remesas económicas a sus parientes de por acá: los padres, la esposa, el hermano o hermana, el compadre, en fin, quien se encargue de vigilar el buen desarrollo de la obra arquitectónica que un día será el hogar del regreso. Eso es más evidente en el campo que en la ciudad, pues en las comunidades rurales destacan con mucha facilidad la morada del emigrado, una buena finca con materiales permanentes, de estilo “californiano”, con jardín al frente, parqueadero para dos o tres trocas y patio trasero que se destinará a taller o a bodega a cielo abierto. Pocas quedan en obra negra, como sí sucede con las casas de las familias depauperadas que no supieron o pudieron emigrar. A su término, las migra-casas suelen contar con vitropisos, paredes enjarradas y pintadas, buena instalación eléctrica, cocina moderna, sala comedor, y hasta mobiliario recién adquirido. Son llamativas, coloridas y alegres.

A eso vienen muchos de nuestros paisanos, además de visitar a la familia ampliada y participar en las festividades: acuden a supervisar la casa del retorno soñado…

Desgraciadamente en muchos casos, si no es que en la mayoría, esas habitaciones se mantienen vacías y casi abandonadas. El regreso no se concreta nunca, y las comunidades rurales de Guanajuato y del centro de México se van llenando de estos monumentos a los ausentes, que sólo sirven de recordatorio del amor que profesan a su tierra y su sueño del retorno.

Este fenómeno lo ilustro con el caso mi familia política: mis suegros, Mónica e Hilario, construyeron la casa de su retorno soñado en una colonia de Dolores Hidalgo; hoy ambos reposan en un cementerio de Stockton California. Mis cuñados y compadres siguen el ejemplo y varios preparan el nicho hogareño en la misma Dolores o en una comunidad de la Sierra de Guanajuato; pero sus retornos son cada vez más espaciados y sus hijos encuentran cada vez menos motivos para acompañar a sus padres en la visita anual. El amor por el terruño, “la querencia” de la que hablaban nuestros abuelos, se va debilitando ante las realidades crueles de la economía y la geopolítica internacional.

En el sur del estado la situación es similar: Yuriria, Uriangato y Moroleón reciben a sus migrantes para agasajarlos con sus vistosas fiestas de enero. Pero ya no se espera su regreso definitivo, sino sólo para el anual rito de paso en el que los jóvenes “norteños” exhiben su aparente éxito mediante el paseíllo con la troca recién adquirida –que deben al igual que muchos otros de sus bienes adquiridos a crédito- y el espejismo de los dólares con que pagan las cervezas y el licor para los cuates, “la raza” que aún no se atreve a irse, o que ya lo intentó pero rebotó contra el muro de la ignominia racista.

La migración es un fenómeno tan viejo como nuestra especie. Pero en esta era posmoderna ha cobrado tintes absurdos que trastocan la naturaleza nómada de nuestra especie: siempre buscaremos las mejores tierras, los mejores aires, las mejores oportunidades donde éstas se presenten. Las fronteras son límites imaginarios que los poderes nacionales han impuesto sobre la naturaleza y el hombre mismo. Son barreras oportunistas que dejan pasar lo que conviene –capitales, comercio, ideas- pero detienen lo que se quiere mantener bajo control: las personas mismas.

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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