Diario de campo

Cómo duele Michoacán

Pero debemos encontrar fuentes de esperanza para no perder la fe en nosotros mismos, como mexicanos. Ante la calamidad, entereza, diría la galleta de la suerte…

La descomposición nacional parece imbatible, al menos vista desde las inquietantes noticias con las que somos bombardeados y saturados los ciudadanos con un mediano acceso a los medios de comunicación tradicionales y los innovadores surgidos de las tecnologías de la información. La violencia en Michoacán y Guerrero, las salvajadas de la CNTE, los agarrones internos del PAN y el PRD, los “reformones” del 2013, los feminicidios y el estancamiento económico que parece inamovible.

No hay muchos motivos para el optimismo en este inicio de año. Y para colmo hemos padecido desastres naturales por el exceso de lluvias y ahora atravesamos uno de los inviernos más cruentos en las últimas dos décadas. Pero debemos encontrar fuentes de esperanza para no perder la fe en nosotros mismos, como mexicanos. Ante la calamidad, entereza, diría la galleta de la suerte…

Volteo a ver la situación de Michoacán, y me duele hasta la médula. Es un estado que mi padre nos enseñó, a mis hermanos y a mí, a amar como segunda casa. Las vacaciones de mi infancia las pasábamos en Pátzcuaro, en Morelia, en Playa Azul, en Tierra Caliente. Recuerdo que de regreso a casa mi padre nos hacía detener el vehículo frente a la estatua del Pípila en la glorieta de la salida de Morelia hacia Salamanca, y nos hacía leer su leyenda, que creo reza: “El pueblo michoacano al heroico pueblo de Guanajuato”, o algo así. Nos henchíamos de orgullo y hermandad con Michoacán…

Como nací en Yuririapúndaro, municipio de Guanajuato pegado a esa entidad, me siento indirectamente michoacano. El espíritu lacustre, el pescado como alimento, los volcanes, la artesanía, los usos, festividades y hasta el acento, unen el sur de mi estado con esa tierra de pescadores purépechas. Por eso, no puedo creer lo que le ha venido ocurriendo a Michoacán en la última década y media.

Un querido amigo al que visitaba mucho en Morelia explicaba que, a pesar de la riqueza natural de esa entidad, su limitada infraestructura y carencia de capitales locales impedía el desarrollo de actividades productivas lucrativas. Por eso el lavado de dinero se convirtió en una de las fuentes principales de recursos para el empresariado local, que pronto se acostumbró a ganar sin invertir recursos propios ni a generar riqueza en serio. Además, el desarrollo regional michoacano es en extremo desigual: no es lo mismo el Bajío moreliano, el zamorano o la Ciénega de Chapala, que la Meseta Tarasca, la Tierra Caliente o la costa.

Yo viví un par de años en Zamora a principios de los ochenta, y me impactó lo diferente que era su sociedad local –tradicional, hispanista, religiosa, empresarial y cerrada- en comparación a la zona lacustre, que yo conocía mejor, donde los valores indígenas y el espíritu utópico de Tata Vasco marcan el ritmo pausado de la vida, el aprecio a la belleza artística y su arraigo telúrico, con el amor a la tierra y a la comunidad. El de los indios es un mundo mágico, pero marcado por la miseria. Las actividades ilegales como la tala clandestina o la pesca irracional eran un sostén muy importante para la supervivencia. No me extraña que la mota se haya convertido en una opción atractiva y socialmente aceptada.

Los cárteles michoacanos han aprovechado las redes sociales tradicionales, la solidaridad comunitaria, para tejer organizaciones eficaces para el tráfico de estupefacientes, y de todo lo que deje dinero fácil, como la extorsión. Michoacán siempre ha estado armado: es una tradición antigua de las familias poseer una o varias armas, pues es una tierra de vendettas y de justicia por propia mano. Los calentanos –gentilicio de la Tierra Caliente- son famosos por bravucones del “quítame allá esas pajas”. El instrumento y acompañante permanente del campesino de esas tierras es el machete, que no sólo se usa para trabajar. Es una región con problemas de acceso que hoy día son aprovechados por los delincuentes. El aislamiento facilita el autogobierno y los cacicazgos. No es raro que las “autodefensas” hayan asumido una estrategia de abrir los caminos de Apatzingán –a cuarta ciudad de la entidad- y la región, y mantener su control mediante retenes y barricadas.

Las comunidades michoacanas saben cómo defenderse, y han tomado en sus manos el cuidado de sus vidas y patrimonio. El Estado mexicano ha sido el gran ausente en esa región remota, abandonando a las autoridades locales a su suerte. En 2006 el estado fue ocupado por las fuerzas federales, pero con estrategias equivocadas que se evidenciaron en el fracaso y torpeza del “michoacanazo”. Temo mucho que la historia vuelva a repetirse, y que las cárceles se llenen ahora de comunitarios y autoridades locales, y se mantengan escasos de delincuentes.

Opino que las autodefensas deben ser normadas y formalizadas como policías comunitarios, guardias rurales, pero no desarmados ni reprimidos. El derecho a la defensa propia y a la posesión de armas es reconocido en el artículo 10º constitucional, aunque con limitaciones. Sin embargo prevé la posibilidad de que se determinen “los casos, condiciones, requisitos y lugares en que se podrá autorizar a los habitantes la portación de armas.” Ya que nos aficionamos a las reformas legales, ¿por qué no se norma la auto defensa?

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

http://twitter.com/riondal

www.luis.rionda.net

www.rionda.blogspot.com