Diario de campo

Que 20 años no es nada

Tengo miedo del encuentro

con el pasado que vuelve

a enfrentarse con mi vida.

Le Pera y Gardel

Es impresionante cómo pasa el tiempo para aquellos que tenemos la suerte de sobrevivir más allá de las cinco décadas, tan rápido que a veces da escalofríos. Nuestra memoria nos hace fijar “marcadores” que nos sirven de referencias temporales, y contribuyen a esa sensación de rapidez. Así me sucedió con los sucesos de 1968 en mi infancia, la crisis de 1976 en mi adolescencia, el sismo de 1985 y el fraude de 1988 en mi juventud. Ya en mi madurez temprana, hubo un año que me marcó por la sucesión de eventos que, como en cascada, se nos dejaron venir encima a los mexicanos; por supuesto me refiero a 1994. Un año tremendo desde muchos puntos de vista.

Comenzando con el primer día, cuando nos despertamos en año nuevo con la noticia del alzamiento de los indígenas chiapanecos, autodenominados zapatistas y conducidos por un criollo barbón, contra el estado mexicano. Un puñado de milicianos mal armados se enfrentó violentamente contra policías y soldados federales -también con carencia de armamento y experiencia de combate- durante una docena de días, con resultados lamentables por su costo en vidas, sobre todo para los indígenas. Un centenar de ellos fueron masacrados; varios armados con rifles de madera o calibres 22, contra los M16 del ejército. Como siempre en nuestra historia, los naturales ponen la carne al cañón y los blanquitos son los que negocian.

El neozapatismo nos echó en cara la falsedad de los mitos desarrollistas del salinismo, que tras cinco años de reformas pretendió haber ingresado a México a la modernidad y al progreso. Bien recuerdo que en 1993, la popularidad del presidente Salinas era la más alta desde que se comenzó a medir ese índice mediante encuestas. La clase media era salinista, y estábamos envueltos en el entusiasmo con que se asumía la puesta en vigencia, también ese primero de enero, del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Parecía que tocábamos las puertas del cielo. A 20 años de distancia, es claro que el TLC sólo ha beneficiado a los privilegiados de siempre, y a los vecinos del norte.

Enero de 1994 también nos sorprendió con el primer magnicidio presidencial desde el asesinato de Obregón en 1928. El domingo 23 de enero fue baleado Luis Donaldo Colosio en Tijuana, y el sistema político mexicano se cimbró como nunca habíamos visto los miembros de mi generación. El candidato presidencial con más posibilidades de triunfo –si no es con la seguridad absoluta del mismo- había despertado nuevamente las esperanzas que cada seis años abrigaba el pueblo mexicano a la vista de la inevitable renovación de la máxima institución política del país. Esperanzas que ordinariamente se evaporaban luego del primer tercio del sexenio, pero que mantenían oxigenada y funcional la rotación generacional de la elite política.

El candidato popular asesinado fue sustituido por un burócrata tecnocrático, pero al parecer honesto, Ernesto Zedillo, quien compitió con una oposición de derecha complaciente, y una oposición de izquierda que no supo mantener la enorme fuerza que evidenció en 1988. El país parecía sumergirse en una espiral de decadencia con amenazas de violencia. La gente se dio cuenta de ello y en las elecciones del 21 de agosto emergió una marea de votantes como nunca antes, y nunca después, testimoniamos. 77% de los mexicanos de la lista nominal abarrotamos las urnas, y en el denominado “voto del miedo” expresamos nuestro rechazo a la violencia y la preferencia por el “malo pero conocido que bueno por conocer”.

Pero siguieron sucediendo cosas en ese atribulado 1994: el asesinato del secretario general del PRI, Francisco Ruiz Massieu el 28 de septiembre, crimen en el que no nos terminó de quedar clara cuál fue la responsabilidad de la familia Salinas. Y no paró ahí: culminó el año con el fatídico “error de diciembre”, por culpa del cual las familias mexicanas entramos en la crisis económica más severa de los tiempos modernos. Millones fueron arrojados de la clase media para engrosar los enormes números de la pobreza nacional. Otros perdimos patrimonio, ahorros y bienestar. Los que debíamos a los bancos nos enfrentamos el año siguiente a los intereses bancarios más usureros de nuestra historia. Crisis sobre crisis. Una generación perdida para el desarrollo. Desesperanza, migración hacia el norte y a otros países, conflictos regionales y la brújula perdida de un gobierno nacional que sólo supo administrar la crisis, pero no resolverla. Es en ese año fatídico donde tenemos que buscar las raíces de la descomposición social que padecimos en estos primeros años del tercer milenio: el agujero del que aún no podemos salir.

Y eso que 20 años no son nada…

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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