Diario de campo

80 años del Fondo


La editorial Fondo de Cultura Económica (FCE) cumplió 80 años de existencia este 3 de septiembre pasado. El aniversario lo he tenido presente desde mi niñez, porque ese mismo día nació mi padre, Isauro Rionda Arreguín, quien siempre fue un ávido consumidor de los productos del Fondo. También mi progenitor habría cumplido ocho décadas de vida, de no haber partido hace casi dos años.

Los libros y colecciones del Fondo han enriquecido enormemente la vida cultural del México y el mundo hispano. Su producción ha sido numerosa en títulos, que no en tirajes, porque seguimos siendo una población que mayoritariamente no consume más libros que los textos escolares. Desde su original vocación hacia la materia económica, con que la fundó don Daniel Cosío Villegas, la editorial ha ampliado enormemente sus intereses temáticos, y hoy día abarca prácticamente todo el quehacer intelectual de la cultura humana. Además, su intensa labor de traducción nos ha acercado a los hablantes del idioma español a los autores, clásicos y modernos, de una amplia gama de idiomas y países del mundo.

El Fondo ha contribuido a que la cultura en lengua hispana no se pierda en su particularismo semiótico, sino que pueda abrevar de los aportes de otras concepciones de la realidad, de las que sólo nos separa la lengua. Es parte de ese cosmopolitismo que hoy caracteriza al mundo hispanoamericano, que durante demasiado tiempo se ubicó en los márgenes de la creación civilizatoria.

Para mi generación y para la de mis padres, y ahora para mis hijos, esta editorial significa una puerta de entrada de lujo –pero económica- al universo de la literatura infantil, juvenil, de ficción, de ensayística y de ciencia. A pesar de los crecientes problemas que atraviesa la industria editorial en lengua española, y su creciente concentración y masificación, el Fondo se mantiene como un baluarte que preserva la calidad ante los embates del comercialismo y la chabacanería. Las librerías del mundo se llenan de textos basura: Best- sellers, autoayuda, recetarios para el éxito, New Age y demás bodrios impulsados por campañas publicitarias apabullantes. En cambio el Fondo se ha mantenido publicando bajo los criterios de calidad que le han impuesto sus espléndidos editores. Pero sus inevitables detractores lo descalifican porque es una empresa subsidiada, que sólo beneficia a la intelectualidad y las clases medias, que son las que sí leen, como han puesto en evidencia las encuestas sobre lectura. En efecto hay un subsidio público, pero que va dirigido a un sector muy vulnerable de nuestras sociedades: sus eruditos, sus artistas, sus académicos y sus creativos. Sin editoriales públicas y subsidiadas, la industria se vería monopolizada por los tiburones del mercado impreso. Si no vende, no se publica; así de sencillo.

El Fondo, las universidades, los institutos culturales y demás instituciones que publican bajo criterios de excelencia y pertinencia social son los reductos de la inteligencia impresa. Los Estados deben subsidiar sus impresos, y atender la urgente necesidad de que se amplíe el público lector, a fin de que haya espacio para todos: para los que venden y para los que crean.

Hoy, a 80 años de nacimiento del FCE, me siento orgulloso de que México haya podido generar una iniciativa intelectual de tanto alcance, y me parece que no fue la última, pues ya tenemos espléndidas editoriales, algunas casi artesanales, así como ferias del libro como la de Guadalajara, que ya compite con las más importantes del mundo. Algo hemos hecho bien dedicando recursos públicos y privados a la cultura impresa. Sigamos comprando los libros de fondo del Fondo.

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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