Diario de campo

¡Viva la tercera República!

El rey de España ha abdicado. Lo ha hecho no por voluntad, sino por la acumulación de desgaste, cansancio y descrédito. Con 76 años de edad aún no es un anciano, pero sí padece muchos problemas de salud, que le han llevado a varias intervenciones quirúrgicas. Es creíble que se retire por fatiga. Pero también es cierto que su popularidad cayó sistemáticamente desde hace algunos años, producto de una conducta frívola –la cacería de elefantes en Botswana, su debilidad por las mujeres y demás evidencias de decadencia personal-,y su enriquecimiento -1,800 millones de euros-, que plantea serias dudas sobre su honestidad.

No me alegra su caída. Recuerdo muy bien su ascenso en 1975 luego de la muerte del dictador Franco. Al principio muchos temimos que el delfín del tirano mantendría el control dictatorial del país; que se convertiría en un continuador del franquismo, ese que ejecutaba etarras a garrote vil. Pero fue amplia la sorpresa cuando el joven rey Juan Carlos Primero convocó a la construcción de un orden democrático mediante elecciones y una nueva constitución. Llamó para la tarea al también joven y demócrata Adolfo Suárez. No se restituía la república, pero sí la democracia, y eso ya era mucho.

Desde 1939 la segunda República Española había sucumbido ante los embates de las tropas moras de Francisco Franco, un traidor, y sus aliados fascistas y nazis. Los republicanos se refugiaron en varios países, pero en México conservaron su embajada y lo esencial de su gobierno en el exilio; hasta que fue cerrada en 1976 ante la inminencia de la reapertura de relaciones diplomáticas de México con la España de Juan Carlos. También recuerdo las lágrimas que vertieron los ancianos republicanos al cerrar su delegación, reconociendo la nueva circunstancia política. Muchos de ellos se reintegraron a la nueva España.

Lástima que al presidente López Portillo se le ocurrió la puntada de enviar al impresentable Díaz Ordaz como primer embajador mexicano de la reconciliación. Incomprensible.

En 1977 mi padre fue invitado por el gobierno de Guanajuato a realizar una estancia en España para estudiar su política cultural y los festivales artísticos. Aceptó, pero terminó por dedicarse a investigar en los archivos españoles sobre la historia de Guanajuato y a realizar estudios de doctorado. Yo terminaba la preparatoria –me tocó la huelga universitaria de ese año- y me propuso acompañarle, hacer un sabático para estudiar idiomas. Llegué a Madrid el 11 de junio, y el miércoles 15 testimoniamos las primeras elecciones generales de la democracia restaurada. Participó casi el 80% del electorado español. Me impactó el nivel de politización de la gente de la calle: todos tenían alguna opinión sobre la cosa pública y se desataban discusiones acaloradas en cafetines y tabernas. Tan diferente a México, donde se había realizado una elección presidencial en 1976 con candidato único.

Mi padre admiraba a Juan Carlos, a quien se encontró en una ocasión en los jardines del Campo del Moro, al costado del Palacio Real. Descendía el rey de un helicóptero, y tuvo la cortesía de saludar al pasmado mexicano, quien le correspondió con asombro. Era un rey ciudadano, mortal y sencillo. Pero 39 años en el poder son muchos, y la carne es débil.

Su mayor aporte a la democracia española fue su gallarda actitud en contra del intento de golpe de estado el 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Tejero ocupó violentamente las Cortes, en un intento de reinstalar el orden franquista. Juan Carlos condenó el hecho, y arrinconó a los rebeldes, que rindieron su causa. Eso lo consagró como paladín de la nueva España, y le brindó una enorme popularidad.

Hoy a 33 años todo ha cambiado. La democracia española es firme, y la monarquía decadente. Una generación que no conoció nunca el franquismo exige más y mejores libertades. La crisis económica ha hundido al país en la peor depresión en la historia de la Unión Europea y los jóvenes no ven esperanza en su futuro inmediato. Bajo esas condiciones muchos se preguntan por qué seguir sosteniendo a una aristocracia arcaica y depredadora, que goza de privilegios que no son producto neto de su esfuerzo, sino de su posición.

Las monarquías son un fósil en un mundo habitado por ciudadanos, no por súbditos. Los españoles merecen dar el siguiente paso en su exitosa transición democrática, y someterse a un plebiscito sobre la permanencia de una monarquía obtusa. Felipe VI no debe asumir el trono, por más simpático y atractivo que sea. No es “el deseado”, como su caprichoso ancestro. Y no dudo que pueda ser un buen rey, pero su momento histórico ya pasó. Por eso digo: ¡viva la tercera República Española!

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus.

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