Diario de campo

Romita: Ecos de lejanas voces

El día de ayer tuve el gusto de participar en la presentación del más reciente libro del maestro Josué Bedia Estrada, cronista del municipio guanajuatense de Romita, Ecos de lejanas voces, Crónicas romitenses de tiempos idos. Un esfuerzo talentoso y sensible de este autor prolífico e inspirado que condensa apretadamente el ser colectivo y memorioso de ese municipio encantador.

Don Josué se dedica a ampliar y enriquecer sus previos ejercicios de memoria comunitaria. Recuerdo su espléndida monografía municipal que denominó “Romita, historia y destino” con motivo de las ediciones del bicentenario en 2010. Dos volúmenes de considerable extensión que nos confirman que el rigor historiográfico no está conflictuado con la memorabiliaparroquiana y las hermosas historias de la petitehistoire.

El estilo literario del autor facilita el acercamiento de los ajenos a los temas históricos que por su lejanía nos pueden parecer tediosos o al menos indiferentes. Las efemérides, tradiciones y leyendas ocupan un lugar muy especial al lado del aporte historiográfico documentado y por lo mismo “objetivado”, fuente tradicional de la grandhistoire. Esto sólo es posible cuando el historiador interactúa con intensidad con los portadores de las micro narrativas, los herederos de la memoria oral de sus mayores: los famosos “informantes” que tanto ayudaron a don Josué. Esos “viejitos” –dicho con todo cariño- que están a la espera de la oportunidad de que un buen escucha, un buen entrevistador -como evidentemente lo es el autor de este libro-, les consulte sus memorias y que tengan así la oportunidad de perpetuar sus evocaciones de infancia y juventud, de un valor enorme para consolidar el sentido de pertenencia hacia el terruño tan amado.

Desde las pocas relaciones coloniales escritas con que se cuenta de Romita, la hacienda de La Laja y otras propiedades antecedentes, la “fundación” del pueblo en 1832, hasta las narraciones vívidas y plenas de experiencias e imaginación sobre personajes, parajes, momentos y circunstancias regionales, don Josué distribuye su amorosa descripción de hechos y protagonistas a lo largo de un capitulado espeso pero alegre, con títulos extraídos de la fraseología y refranística populares: “Algo es algo, dijo el Diablo, cuando se llevó un obispo”, “Cayendo el muerto y soltando el llanto”, “De todos modos Juan te llamas”, “El gato escondido y la cola de fuera”, “A toda hora, Dios labora”, y así, hasta completar un índice travieso que provoca la curiosidad del lector más distraído. Sus recursos expositivos me recuerdan mucho a los de don Luis González y González, mi querido maestro en El Colegio de Michoacán, quien hizo de sus ensayos más serios un ejercicio de humor popular al sustentarse en esas mismas chispas de sabiduría, que son los proverbios.

Don Josué incursiona con naturalidad, no sé si lo hace sin saberlo, en la historia social de la cotidianidad. Los hechos y los actores de lo inmediato son presencias recurrentes en su narración. Nos habla de zapateros y huaracheros, taxistas y costureras, herreros y carpinteros, todos con nombre y apellido y, casi, con retratos hablados. Los políticos aparecen como cometas eventuales: no son importantes. Los que sí lo son, son los habitantes del conjunto parroquiano, tan humildes como mortales. Temporales en una vida tristemente acotada por la muerte que lleva con sí el olvido. El olvido como muerte auténtica. Por eso don Josué pelea con la muerte y la combate con la memoria, el recuerdo y la permanencia escrita. La palabra impresa como medio para derrotar al olvido, ese cruel enterrador que nos espera en el panteón municipal.

Romita, la pequeña Roma, como tantos otros pueblos y ciudades del Bajío, preserva casi secretamente una identidad que le particulariza y le vuelve encantadora. Los romitenses no pueden presumir de una larga prosapia histórica, pero sí de una microhistoria concentrada en entrañables personajes y sucesos inolvidables. Desde esta visión, ser romitense no es cualquier cosa: es un sentimiento de identidad profunda y amorosa con ese cuadrado urbano tan perfecto, detrás del cual yacen efemérides que apenas se están registrando y divulgando.

Este esfuerzo de don Josué Bedia, el cronista, el memorioso, el escriba de los ayeres, escarba en esos pasados ignorados y los saca a la luz con la polifonía alegre de los narradores que entrevistó. Un concierto de voces que se comparten reminiscencias, apuntes, cronologías que sólo perviven en el efímero poder de la retentiva humana. Él, como mi padre, su amigo Isauro, recrean para nosotros los legos –pero gustosos consumidores de historias inmediatas- ese extraño placer de curiosear en nuestros legados y nuestras genealogías. Como buenos fisgones, nos deleitamos en las indagaciones de otros más curiosos que nosotros: esos que llamamos cronistas. Cronistas de las memorias de bolsillo.

Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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