Diario de campo

Reforma política: lo bueno y lo feo

La reforma político-electoral que se avecina parece seguir el mismo camino que las anteriores, en particular de la del 2008: ampliar aún más las facultades y responsabilidades del Instituto Federal Electoral (IFE). Se prevé ahora la integración del Instituto Nacional de Elecciones (INE), que compartirá con los institutos estatales la responsabilidad de organizar los comicios. ¿Hasta qué grado? Habrá que esperar a las reformas finas al código federal, el Cofipe, que supongo experimentará cambios sustanciales. A cambio de la permanencia de los institutos locales, demanda de los gobernadores feudales, se definió que la elección de sus consejeros generales quedará en manos del INE. También habrá que esperar a la definición de los mecanismos concretos de su designación, para constatar si realmente se garantizará la independencia y profesionalismo de estos funcionarios.

Muchas cosas no quedan en claro en esta reforma: ¿por qué no se eliminaron las 100 curules de representación proporcional (RP) en la Cámara de Diputados? ¿Por qué no se le reintegró al Senado su sentido federalista, eliminando sus curules de RP? ¿Por qué no se consideró la segunda vuelta para la elección de los ejecutivos federal y estatales? ¿Por qué se les permite la reelección consecutiva a los representantes de RP? Más que una reforma política, a México le urge una refundación del Estado, incluyendo una nueva constitución.

Hay puntos encomiables en esta reforma, como la reelección consecutiva de ayuntamientos y representantes populares, un punto que muchos consideramos mejor alternativa que la de ampliar los periodos de ejercicio, una alternativa que se discutió hace poco en el Congreso de Guanajuato. Pero el diablo se oculta en los detalles, por ejemplo: ¿los alcaldes en funciones, ¿podrán hacer campaña o deberán pedir licencia? Sabemos bien que el candidato que hace campaña desde el poder, tiene todo a su favor, incluyendo los recursos públicos a su disposición. Eso sería factor de inequidad en la competencia.

La posibilidad de gobiernos de coalición es otro elemento positivo en la reforma, y era algo que urgía ante la dispersión partidista del país y la necesidad de reforzar los clivajes políticos. Otro punto más es el de la posibilidad de anular elecciones ante los rebases de los topes de gasto de las campañas, un asunto que ha lastimado mucho a nuestra nobel democracia y que redunda en demérito de la legitimidad del proceso, gane quien gane. Pero para eso se necesita darle velocidad y dientes al monitoreo fiscalizador del INE, y no esperar a que termine el proceso para actuar.

También me parece positivo incrementar el umbral electoral para que los partidos puedan conservar su registro de 2 a 3% de la votación. Eso eliminará a los partidos morralla, ahora que se ha vuelto tan buen negocio abrir franquicias para lograr prerrogativas, en lugar de consolidar las opciones que comprueben atractivo, seriedad e institucionalidad.

Pero me siguen inquietando las candidaturas independientes, porque en nuestro país y en otros muchos ha sido una puerta cruzada por adinerados aventureros de la política, auténticos filibusteros que sólo buscan fama y consolidar su poder económico con el político. No lo digo por los ciudadanos que, hastiados de los partidos, buscan con honestidad convertirse en alternativa honesta; esos son bienvenidos, pero no así los representantes de consorcios y corporaciones que buscan consolidar su círculo de poder monopólico.

¿Y por qué cambiarle el nombre al IFE? Al final no se creó el temido monstruo con alcances nacionales que se planteó en el pacto, y las elecciones locales continuarán en manos de los institutos locales; entonces ¿para qué el oneroso cambio de nombre? Nuestro país es especialista en lo temporal, en lo efímero en lo que tiene que ver con la institucionalidad gubernamental. Cada sexenio se cambia la imagen, se cambian nombres de organismos que nunca acaban de ubicarse en el imaginario colectivo. En los países consolidados políticamente el Estado permanece tanto en nombres como imágenes; lo que cambian son los personajes y los partidos en el poder. Acá nos da por cambiarlo todo a la menor provocación: antes SIEDO ahora SEIDO, antes PGR ahora Fiscalía de la Nación, y así… ¿Cuánto nos costará el cambio de nombre al IFE? Tan sólo las credenciales para votar, que seguramente no serán retiradas de golpe, generarán confusión entre sus usuarios porque tendrán el nombre institucional diferente, y capaz de que con el cambio de nombre vendrá un cambio de imagen, que empeorará las cosas.

Nuestra legislación político-electoral es cada vez más rococó, complicada y obtusa. Ya lo decía Octavio Paz:“Nuestras formas jurídicas y morales […] mutilan con frecuencia a nuestro ser, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales.” (El laberinto de la soledad, p. 29).

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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