Diario de campo

Minas de muerte, 2

Continúo con el tema del conflicto que se desató hace un par de semanas entre los antiguos miembros de la Cooperativa Minera Santa Fe de Guanajuato y la empresa canadiense Great Panther Silver, provocado por la dura política aplicada por la minera contra los denominados lupios que extraen mineral a hurtadillas de los socavones, y que ha provocado ya dos muertes en manos de los agentes de seguridad privada que cuidan ceñudamente las instalaciones.

Hoy y ayer, los mineros de Guanajuato han tenido que pagar con sangre para ser reconocidos en sus derechos laborales y humanos. Una masacre perpetrada contra media docena de ellos el 23 de abril de 1937 dio pie a una nacionalización ordenada por el presidente Lázaro Cárdenas, que permitió el origen de la Cooperativa Minera Santa Fe de Guanajuato, una empresa social que durante décadas no sólo garantizó a los mineros el respeto a sus derechos y a su seguridad, sino también la participación en las ganancias de la sustracción del mineral. Desgraciadamente en los años noventa el Estado mexicano cambió su actitud ante las empresas colectivas, como las cooperativas, y no sólo dejó de apoyarlas, sino que se dedicó a boicotear su existencia, promoviendo su privatización, que finalmente debió darse en 2005, luego de muchos esfuerzos infructuosos por preservar la cooperativa por parte de los trabajadores. Los cooperativistas se vieron obligados a vender barato su empresa quebrada –siete millones 250 mil dólares- y no muchos fueron contratados por la empresa extranjera adquiriente de sus bienes.

El sentido social de la cooperativa y la cultura minera desarrollada en torno al concepto del “patrimonio” fueron estudiados por una colega antropóloga, la doctora Elizabeth Ferry, quien convivió durante un año y medio con los mineros a fines de los años noventa. Ella publicó en 2005 un espléndido libro denominado Not Ours Alone (“no es sólo nuestro”), frase que ella retomó de una entrevista con mi padre, Isauro Rionda, y que evidencia el sentido de responsabilidad transgeneracional con el que los cooperativistas concebían el patrimonio que habían heredado de sus mayores. Había necesidad de explotar los fundos mineros con racionalidad, ya que esos dominios tenían que beneficiar también a sus hijos y nietos. Es una lógica no capitalista, de economía moral, que plantea un sentido de compromiso con el futuro. En cambio una empresa privada explotaría los fundos con eficacia devastadora, hasta su agotamiento y abandono, como ha sucedido con viejos emporios hoy abandonados, como los minerales de La Luz y Pozos en los municipios de Guanajuato y San Luis de la Paz.

En sus buenos tiempos la cooperativa había garantizado a sus socios y trabajadores un ingreso digno, despensas semanales, educación –fue dueña de la escuela Ignacio Montes de Oca, donde los hijos de los cooperativistas estudiaban gratuitamente-, el hospital del Señor de Villaseca, y otros bienes, que poco a poco fue perdiendo. Los gobiernos estatales panistas consecutivamente les negaron apoyo financiero, y más bien les planteaban la opción de liquidar la sociedad y privatizarla. Los gobiernos federales también fueron sordos. Con el tiempo, esta cooperativa minera se convirtió en la última de las ochenta que fueron creadas en los años treinta y cuarenta (Ferry, 2005: 4).

Pesaron mucho las décadas de malas administraciones de la cooperativa. Incluso se rumora que algún administrador en los años ochenta la llevó al borde de la quiebra y luego quiso adquirirla. Durante años la empresa social luchó por sobrevivir ampliando sus actividades económicas hacia ramos como el artesanal y comercial, pero sin éxito. Su patrimonio material era considerable: 32 minas, cientos de hectáreas superficiales, docenas de inmuebles y terrenos urbanos, algunos de ellos históricos y de enorme belleza; maquinaria, un par de tráileres, etcétera.

La cooperativa minera fue desaparecida a raíz de una asamblea de socios realizada el 19 de julio de 2005. Esa sesión ha sido denunciada como irregular, pues en versión de muchos asociados no se contó con el quorum legal, además de que los acuerdos no habían sido consensuados. A pesar de ello la empresa fue vendida a la compañía El Rosario, subsidiaria de la Great Panther Silver. De esta manera se retornó a la situación previa a 1937, cuando las minas eran explotadas por la gringa Guanajuato Reduction & Mines Co. que se caracterizó por sus abusos contra los trabajadores y el ejercicio de la violencia mortal.

Hoy día los trabajadores mineros prácticamente están indefensos ante sus empleadores. Aunque existe la sección 142 del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana, el mismo que lidera Napoleón Gómez Urrutia, su intervención ha sido prácticamente nula, incluso contraria, como ha sucedido con los trabajadores no sindicalizados como los de las empresas outsorcing. Por ejemplo, en 2012 la empresa “fantasma” Strata Outsourcing, sin mediar aviso ni liquidación alguna, dejó abandonados a 200 trabajadores que laboraban en las minas Peregrina y Las Torres.

Seguiré desgranando esta mazorca la próxima semana…

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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