Diario de campo

México lee cada vez menos (1/2)

La capacidad de leer y escribir es una habilidad que sólo recientemente se ha convertido en un elemento imprescindible para desenvolverse con éxito en la cotidianidad del mundo. Hasta antes de la invención de la imprenta, este conocimiento era reservado a una clase especializada de auténticos artesanos: los escribas, muchos de los cuales eran monjes copistas de los grandes maestros de la época clásica. No se necesitaba leer y escribir para ser sabio; ahí tenemos el caso de Sócrates, quien no nos heredó texto alguno, pero que sus discípulos como Platón se encargaron de registrar sus diálogos y disquisiciones.

La invención de la imprenta por parte de Johannes Gutemberg en 1440 significó una auténtica revolución en el conocimiento. El libro impreso democratizó el acceso a la cultura ancestral, y catapultó un boom literario y científico que involucró a cada vez más personas en las labores de creación y divulgación de ideas, creencias, saberes y, por supuesto, infundios, mentiras y diatribas. Como el internet de hoy día, la imprenta legó a ser cuestionada por poner al alcance de un creciente público obras que fueron consideradas heréticas o falaces. De ahí nació el famoso index de los libros prohibidos que emitió el Concilio de Trento en 1564, vigente hasta 1966, cuando San Juan XXIII lo suprimió.

Pero fue la Revolución Industrial la que desató un creciente afán de adquirir la habilidad de la lectoescritura. La especialización de los oficios, en particular los referidos a la administración, la política, la religión, y en general los que requerían trabajo intelectual, obligaron a que esta capacidad se convirtiera en obligatoria para los miembros de los gremios de cuello blanco. La educación formal se convirtió en una necesidad y luego en una obligación para los países que lideraban esa revolución productiva. El siglo XIX fue el periodo de la gran alfabetización en Europa y los Estados Unidos, apoyados en métodos de enseñanza masiva como el de la Escuela Lancasteriana, así como un activo papel del Estado en la promoción –y control- de la instrucción popular. Al final del siglo XIX en casi todos esos países el nivel de analfabetismo se había reducido a menos del 10%. Francia, por ejemplo, registró un 5% en 1895. La industrialización del libro, la prensa escrita y el correo postal apuntalaron la necesidad de leer y escribir, forjándose así una clase media ilustrada.

Durante todo ese tiempo, en México sólo se enseñó a leer y a escribir a los jóvenes varones de las clases altas y urbanas. En 1895 el 82.1% de los mexicanos mayores de 10 años censados ese año no sabía leer ni escribir. En el censo de 1910, al final del porfiriato, esa proporción se había reducido a 72.3%. El rezago en comparación a los países desarrollados era enorme. Fue sumamente difícil abatir esa cifra. Por ejemplo, cuando se inauguró el Metro en la ciudad de México en 1969, junto a los nombres de las estaciones se incluyeron íconos distintivos para que los analfabetas –un tercio de la población adulta- pudieran ubicarlas. Apenas en el censo de 2000 el porcentaje de iletrados se ubicó por debajo del último decil (9.5%). En el de 2010 todavía se mantenía en el 8.2%.

México es un país de reciente alfabetización, que también padece los efectos de un modelo educativo anacrónico e ineficiente. La mayoría de los que dicen leer lo hacen sin comprender, sin interactuar con la lectura. Los que dicen escribir rara vez lo hacen, y cuando se ven en la necesidad perpetran ataques arteros contra la ortografía y la sintaxis.

Todo esto viene a cuento porque se acaban de dar a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura 2012 (educacionyculturaaz.com/wp-content/uploads/2013/04/ENL_2012.pdf), y sus datos nos ilustran un panorama desolador: el mexicano promedio sólo lee 2.9 libros al año, pero lo hace sobre todo como obligación escolar. Es decir, al terminar sus estudios el mexicano promedio no vuelve a tomar un libro, más que por obligación. Además, a dos tercios de los encuestados de entre 12 y 66 años dijeron que no les gusta leer; el 69% dijo que en un mes no gasta nada en la compra de libros, mientras que 13% destina apenas entre 50 y 250 pesos. Y es que vamos para atrás, si comparamos los datos con la encuesta de 2006:“se observa una disminución muy significativa en el número de lectores de libros (una caída del 10%), y el resultado actual es que más de la mitad de la población ya no lee libros.” Se concluye que: “en México se lee menos, que la lectura sigue siendo un asunto estrictamente educativo y que el acceso a la cultura escrita está seriamente restringido para la mayoría de la población.”

Desde los años ochenta, en Europa y en los Estados Unidos se detectó la emergencia de un nuevo fenómeno, que claramente ya está asentado en México: el iletrismo, la falta de gusto por la lectura. El analfabetismo dejó de ser el reto: seis séptimos de la población mundial ya saben leer y escribir, pero eso no quiere decir que la lectura sea una actividad cotidiana y gozosa. Sólo es un instrumento, una competencia laboral más, pero no una vía de desarrollo personal y espiritual. Los medios masivos de comunicación visual y auditiva –radio, cine y TV- han alejado a las personas comunes de los medios impresos.

Ahora que se ha inaugurado la Feria Nacional del Libro 2014 en León, Guanajuato, veremos qué resultados arroja, en un entorno donde cada vez menos personas leen, aunque sepan hacerlo. Nos referiremos a esto el próximo viernes.

(*) Antropólogo social. Profesor investigador de la Universidad de Guanajuato, Campus León.

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